martes, 11 de diciembre de 2012

Salvajes, de Oliver Stone



(Incluye Spoliers)

A mediados de año Universal lanzó el nuevo filme de Oliver Stone. A estas alturas ya no se trata de un estreno pero dado que tampoco fue un blockbuster cabe la posibilidad de que usted la haya dejado pasar. En cualquier caso, es una película que acabo de ver y que induce al comentario, una película, digamos, controversial.

En lo personal me gusta el tipo de controversia que genera Olvier Stone. Me gusta porque es tan consistente que no me cabe la menor duda de que lo que refleja es pura honestidad, es difícil encontrar una opinión hegemónica con la que Stone esté de acuerdo, su trayectoria como cineasta incluye réplicas a la legitimidad de la guerra de Vietnam y las versiones oficiales del asesinato de JFK, versiones subversivas sobre gobiernos opositores a EEUU, investigaciones underground de líderes de estado americanos, así como una profunda admiración por las expresiones contra-culturales de su sociedad. En esa consistencia, me parece, se hace evidente un aspecto clave en la personalidad y el cine del director: Stone es rebeldón.

No extraña entonces que en su más reciente producción aborde los temas que aborda. Hay dos que son cruciales: El tráfico de la marihuana y La poliandria. Se trata de temas tabú, del tipo que habita en el limbo que divide la definición social entre el bien y el mal. Los temas se vuelven tabú por su ambigüedad, su tonalidad gris, ese es el primero de dos factores. El segundo es su proximidad, su cualidad casi doméstica. En una sociedad como la nuestra, que condena con severidad y alarma las prácticas extramaritales y las de recreación narcótica, pero que constantemente duda de sus certezas ante la visible omnipresencia del pecado, hay pocos temas que puedan provocar esta clase de picor en la conciencia moral de los consumidores de cultura de masas, incluso si es esa parte snob de las masas que consume películas de Oliver Stone.

La película es tan provocadora que hasta Jorge Fernández Menéndez decidió dedicarle una columna, muy típica de él, en la que el filme termina por ser una apología de sus propias opiniones acerca del tema de las drogas. Es curioso: el de las drogas es el más abordado por la crítica en la prensa, pero en los comentarios de la gente en los diversos espacios de internet el tema que más pasiones despierta es el de la poliandria.

Se dibuja el espejismo de dos películas, en una de ellas la historia es la de dos chicos californianos, exitosos y opuestos que tienen un negocio de marihuana y una misma y guapa novia. El opulento tren de vida del mènage á trois se ve súbitamente interrumpido por la intrusión en el mercado americano de un cartel mexicano, las negociaciones se truncan con un secuestro y el hilo de la acción nos precipita al primero, el más dramático de dos finales. Todos mueren.

La reiterada animosidad de tantos comentaristas cibernéticos alrededor del hecho de que estos dos chicos tuvieran una misma novia obliga, sin embargo, a una segunda lectura de la película. En esta el eje es Ofelia, aka “O”, la chica en cuestión. La historia es parecida pero diferente, hay una semiosis paralela en la que es ella la que tiene dos novios y no viceversa, y en la que la hierba representa un camino a la autenticidad y a la libertad. Definir la autenticidad, por supuesto, es todo otro asunto, y asociarle específicamente con fumar una hierba sería totalmente un despropósito. Puede ser que Stone aborde esto desde un ángulo ligeramente esterotípico, lo cual, lejos de afectar negativamente el desarrollo de la historia, le da matices de fábula y de parábola. Lo relevante es que el motor de los sucesos en la historia, al menos en esta otra película implícita, es la conexión, tan profunda como poco convencional, entre estos seres humanos. No el mercado de las drogas, no el número de personas involucradas en una relación. En ese gran acto de rebeldía que es la obra de Stone, Salvajes es un genuino momento de introspección respecto a las fronteras internas, los límites que habitan en cada uno de nosotros, límites tatuados en nuestras almas por la historia y por la civilidad de nuestra civilización.

Esta otra película tiene también su propio final, bastante menos sórdido y contradictoriamente feliz. El propio director ha hecho comentarios al respecto. La película está basada en la novela homónima del escritor Don Wilson, con cuyo final coincide la primera de las alternativas del filme. Stone lo describe como una salida romántica del asunto, el final correcto para la novela que Wilson escribió pero no para la película que él quería realizar. Así que el director opta por una maniobra narrativa que le permitiera establecer tanto el final original como su desacuerdo con él. El segundo final, el verdadero, redime a los personajes de su heroísmo y les permite perseguir el bien propio: los convierte en anti-héroes. Su triunfo no es el resultado de sus cualidades morales sino de un acierto en su cálculo de las circunstancias. En palabras del director esto le parece más realista. En palabras de un servidor, Stone elige, además, no sacrificar el amor de los protagonistas.

Todo el final, toda esta osadía, tanto formal como discursiva, no viene sin riesgos. A mucha gente no le gustó, es comprensible, no es un final estándar, no está narrado de manera estándar y no dice exactamente lo que le gusta escuchar a todo el mundo. Termina de manera un tanto caótica, esa es la cuestión, si bien no me parece que eso sea un error, porque desafiar un poco a la audiencia nunca lo es.

Por lo demás "Salvajes" ofrece toda la calidad característica de este realizador, algo de ella recuerda a “Asesinos por Naturaleza”, dinámica visualmente y con grandes escenas de acción sazonadas con esa violencia explícita que caracteriza al cine americano y de la que Stone produce una subversión que ya es clásica.

Protagonizan: Blake Lively, Taylor Kitsch, Aaron Taylor-Johnson, Benicio del Toro, Salma Hayek, John Travolta, con la participación (destacada) de Damian Bichir y Joaquín Cosio.

Seas cuales sean sus ideas acerca de la vida, la película garantiza una opinión y deja unas ganas bárbaras de darse un toque. Procuren verla, si son pobres como yo mírenla en Cuevana, si son un poco más afortunados hagan el favor de rentarla o comprarla original para contruibuir al enriquecimiento de una industria opulenta y hostil, no sean un papá pirata.

Abrazos y bendiciones para todos.


jueves, 22 de noviembre de 2012

El Palacio de la Luna, de Paul Auster



Paul Auster no es un autor que necesite demasiadas introducciones, se trata de uno de los escritores cumbre de la literatura norteamericana contemporánea, puede decirse que es una leyenda viviente, una especie de estrella de rock de la narrativa.

El Palacio de la Luna es, a su vez, tal vez la obra cumbre de Auster, un libro que ha sido reseñado en infinidad de ocasiones por lectores mucho más calificados que yo. Así que esto es más bien una invitación a usted, si es que se cuenta entre los despistados que ya ha leído a Auster pero ha dejado pasar este clásico joven por alto, o si bien ni si quiera ha tenido el placer de toparse con este escritor en sus derivas literarias, en cuyo caso le recomiendo no perder más tiempo y adquirir inmediatamente uno de sus libros, de preferencia este.

Les hablo desde la perspectiva de una lectura posterior a otros libros del mismo autor. Cada uno es una joya, labradas en una variedad de géneros en los cuales Auster no carece ni de oficio ni de estilo. En este título, sin embargo, su obra cobra un sentido y una dimensión distintos. Los grandes temas de Auster, asuntos como la injerencia del destino en la vida de los hombres o la experiencia de sobrevivir en el violento mundo, abordados recurrentemente en otros libros, están presentes en este de una manera más cabal y absoluta. Quizás sea la cantidad de ellos en juego en una apuesta narrativa tan ambiciosa, quizás sea la honestidad con la que están entramados, la vulnerabilidad y belleza que terminan reflejándose en el espejo del alma del lector. El libro conmueve, transporta, maravilla.

Se trata de una novela muy norteamericana, pero en caso de que usted sea como yo debo decirle que es del buen tipo de norteamericano. Auster habla de una América tan real que resulta mucho más fantástica que la América ficticia construida por la cultura mainstream. Destaca la visión territorial mística, una fascinación por el mundo perdido de los indios arraigada en la búsqueda de una compresión íntima pero trascendental de la vida en la Tierra. Destaca también la construcción de los personajes, aventureros en el sentido más americano posible, y en el más original también, motivados por una conciencia intuitiva de que en lo desconocido está la respuesta a la pregunta del origen.

Es una de esas obras que podemos llamar Novela Total, un universo hecho a mano que no prescinde ni de amplitud ni de profundidad, un esquema explorado en toda su vastedad. La historia transcurre a lo largo de un siglo y tres generaciones, estructurada con una mecánica de los eventos que aunque por momentos se acerca peligrosamente a la ingenuidad es tan coherente y constante que al final hace de uno el ingenuo: es de tontos creer que la magia en el mundo no existe. En ese sentido la obra es un regalo que no sé si atribuir a Auster, a la literatura o a la vida, un guiño del cosmos que, le aseguro, le vendrá bien en cualquier punto de este largo camino llamado vida en el que nos encontramos todos.

En castellano me parece que sólo circula bajo el sello de Anagrama, en la colección de Compactos y Biblioteca. Libros caros pero buenos, con esa encantadora traducción que hacen los ibéricos del inglés urbano. Detalles, detalles, el libro es un encanto, suerte con él y buen día. 

jueves, 19 de julio de 2012

Un beso así


Finalmente, el día en que mi  ex de siete años me citó para decirme que se casaba con el tipo por el que me había dejado llegó. Era jueves  por la tarde en un café de la Colonia Roma, no era que yo intuyera  que específicamente esa tarde me lo iba a decir, era sólo que el cosmos me había dado un par de indicios, y ella llevaba ya casi dos años con el nuevo tipo. Yo ya había asumido que cualquier día iba a ocurrir, y ese día ocurrió.

Así que respiré profundo. Éramos amigos y me comporté como un amigo, le dije que me daba gusto, que les deseaba lo mejor, que la quería mucho, etc. Creo que casi lo logré, tanto interna como externamente yo mismo me lo creí casi todo el tiempo, y hubiera sido completamente verdadero de no ser por un extraño desamparo que de pronto me invadía y se iba, y que no sé explicar.

Nos fuimos del café  y caminamos un rato por Álvaro Obregón antes de volver a su automóvil. Nos despedimos, nos abrazamos y cerré los ojos porque mi cuerpo quería guardar esa sensación en un registro a oscuras, tan cerca del suyo como fuera posible. Mientras nos separábamos, en un instante que me tomó por sorpresa, nos besamos. Sentí en sus labios (o en los míos) todos los besos que nos habíamos dado y fue como si nunca nos hubiéramos dejado de besar, sentí un montón  de cosas para las que no tengo nombres porque nunca las había sentido, y para cuando el beso terminó mi corazón batía con tanta fuerza que tuve que llevarme un instante la mano al pecho.

Abrí los ojos, ella los abría también, me miraba con un gesto de vago asombro mientras yo hacía un esfuerzo para reconquistar el control de mi rostro, que se había atorado en la posición de beso. Me pasó la mano por la mejilla, abrió la puerta del automóvil y subió al asiento del piloto. Tomé la puerta antes de que la cerrara y como no supe qué más decirle, le pregunté:

- ¿De verdad puedes irte después de un beso así?


Ella lo pensó un segundo y luego contestó:


- Noé, un beso así era el único que nos podíamos dar en un momento así.


Encendió el motor, me miró, sonrió y yo casi sonreí también. Cerré la puerta y me hice a un lado, el auto se alejó sobre Insurgentes con rumbo al sur, bajo la triste luz crepuscular monté la bicicleta y traté de volver a mi vida a toda velocidad, pedaleando como si mi alma dependiera de ello. Quizás sí dependía un poco de ello.

martes, 17 de julio de 2012

Factores de Opresión. El Género 1.1


En cierto libro que leía me apareció una cifra que les comparto. Según un estudio de la Federación de Planificación Familiar de España, en el mundo una de cada cinco mujeres ha sido o será violada en el transcurso de su vida, y una de cada tres habrá sido golpeada o forzada a mantener relaciones sexuales contra su voluntad. La cifra dimensiona un problema muy grave en la civilización que hemos construido que se relaciona con la interacción entre las dos “mitades” poblacionales que nos constituyen: los hombres y las mujeres. El libro, que a la sazón lleva por nombre La Masculinidad Tóxica, revela toda una serie de cifras que finalmente sirven para demostrar un punto: en nuestra construcción simbólica del mundo, la mujer, y la vida de la mujer, tienen un papel secundario y un valor variable, dependientes ambos de un oscilante criterio masculino.

En términos generales el problema del género es hacerlo visible como construcción social, porque toda la educación del sistema nos indica desde el inicio de nuestras vidas que el género es una cosa dada naturalmente. Hay una confusión cultural muy extendida en este sentido que nos conduce a basar en las características físicas de cada sexo las determinaciones sociales, de ahí que los críos que nacen con estos genitales deban ser educados como varones, mientras que las que nacen con aquellos sean educadas como nenas. Es curioso que no se nos eduque como machos y hembras, también es esclarecedor: La educación se verifica en tanto que el desarrollo “natural” es canalizado en un sentido específico, no aspiramos a que nuestros hijos sean unos animalitos con diferencias exclusivamente corporales, nos interesa que se acoplen al esquema social en el que han llegado al mundo, en el que uno es alguien, lo que operativamente quiere decir que uno opina una lista de cosas de sí mismo.

¿Qué se es en esta vida? En primer lugar, se es ser humano, y en segundo se es persona, es decir, se es una construcción social, y el primer rasgo con el que esa construcción social se edifica es el género, o somos mujeres o somos hombres. Sabemos por la historia que a  partir de la diferencia sexual se establece una diferencia social, podemos considerar esto un absoluto. Sin embargo esta diferencia social adopta una amplia gama de hábitos de acción, lo que indica que la forma final de la estructura social-sexual en una cultura dada (el género, en una palabra) es de carácter circunstancial y de ninguna manera absoluto, aun si prevalecen por su gran mayoría los modelos de opresión, similares al nuestro.

Cuando hablamos de Ser mujer y Ser hombre en  realidad hablamos de dos cárceles conductuales, dos definiciones externas que terminan por repercutir en las construcciones internas, por lo tanto en nuestra comprensión del mundo, y finalmente en nuestra interacción con él. Volviendo a las cifras y al libro, una construcción del mundo en la que la mujer es vista como un ciudadano de segunda impone una ruta de interacción específica entre las dos partes del juego del género: la de la violencia. Pensando en ambas cosas, en las cifras y en el juego de género, una pregunta emerge: Si una de cada cinco mujeres habrá de ser violada, y una de cada tres, violentada para aceptar una relación sexual… ¿A cuántos hombres equivale eso?, o para ser más claros, ¿cuál es la proporción de hombres en nuestra sociedad que ha ejercido violencia sexual en contra de mujeres?, ¿cuál es la proporción de hombres que hemos ejercido violencia en general? No es aventurado suponer que será alta, y que si bien no todos los hombres habrán cometido violaciones, muchos, muchísimos, habremos perpetrado actos de violencia de algún tipo en contra de muchas de las mujeres con las que hemos interactuado.

La violencia y el desprecio contra lo definido como femenino es un rasgo muy presente en nuestra civilización, así en lo público como en lo privado, se encuentra en la represión sistémica que los hombres hacen de sus rasgos “no varoniles”, en esa lucha cotidiana por construir una imposible masculinidad cabal, y en formas macabras y exacerbadas, como las reflejadas en cifras presentadas por la UNIFEM, en las que al menos 36 mil mujeres han muerto en México en los últimos 25 años producto de la violencia de género. Pese a todo el alboroto mediático que se ha armado para popularizar una “progresiva” vindicación, apócrifa a final de cuentas, ser mujer es contraproducente en esta sociedad, es vergonzoso y es mortal.

Macabro también es que definamos una dualidad simbólica en función de facilitar que una de las dos partes hostilice a la otra, pero así es. La sociedad establece dos definiciones esenciales de humanidad. Una de esas definiciones implica un valor superior a priori; sólo por discurso, a partir del momento de la diferenciación sexual el hombre es superior. La relación de poder entre hombre y mujer adolece del equilibrio natural de la conducta salvaje de otros animales, y en cambio despliega una construcción humana arraigada en un paradigma segmentado, incompleto y opresivo. Esta relación, en la que el hombre ejerce una hegemonía multisectorial sobre la mujer (económica, educativa, social, sexual, etc.),  debe aún  ser revisada y reestructurada, esto es una deuda histórica de la humanidad hacia sí misma, y la única posibilidad para un futuro en el que no  expliquemos todo el cosmos social a partir de un acto de injusticia elemental.

lunes, 4 de junio de 2012

un día de la vida sin vida


te levantas por la mañana, tu cuerpo está lleno de energía y tu mente está fresca. comes algo y luego tomas café, ahora estás turbo cargado, estás más que listo para ir al mundo y caminar treinta kilómetros, arrancar patatas de los campos, correr detrás de un suculento conejo, o bien para pasear durante horas en medio de un debate mental acerca de la conciencia y el espíritu, o bien listo para enfrentar un activo día en el taller, porque eres artista, o ingeniero, o científico, o algo así de divertido.

pero no es eso lo que haces. en cambio, conduces tu automóvil, o abordas un taxi, o tomas el transporte público rumbo a lo que cariñosamente llamas "tu trabajo".

si eres profesor estoy casi seguro de que no querías se profesor, si eres doctor, estoy seguro de que tu trabajo no es lo que esperabas, si eres abogado, estoy seguro de que no querías ser burócrata, si eres comunicador, estoy seguro de que no querías terminar como la boca que pide dinero a nombre de alguien más. como que te apuesto una cerveza. pero no importa, tienes que ir a trabajar, porque necesitas el dinero, o porque necesitas la validación, y porque no eres un huevón, y porque lo dice dios, y porque es lo que hace el resto de la gente.

ocho horas, que mitigas a ratos con más café, una coca cola, y luego una torta y una tutsi pop, es decir, energía, más energía, más energía antes de volver a tu cajón, a tu cubículo de la frustración. hay que decirlo tal cual es: pasas ocho horas de cada día haciendo cosas que no quieres hacer. no papas, no arte, no espíritu, no cosas divertidas, y no conejos.

cuando todo termina tu mente ya no está fresca, se siente opaca, aturdida, lo está, es muy posible que ese día no hayas escuchado ninguna buena canción, que no hayas leído ningún buen párrafo, no hayas visto ninguna pintura, ni fotografía, ni secuencia cinemática de valor (sea lo que sea a lo que le des valor). es muy posible que tu día haya estado lleno de cifras, de pendientes, de letras en una hoja de texto, de memes que ya habías visto, de conversaciones que ya habías tenido, de pavimento gris, de cielo gris, de olores grises, de sensaciones grises. tu mente, efectivamente, está hecha pedazos.

entonces lo que tú eres se bifurca. por un lado está esa mente tuya, aburrida y, más que extenuada, entumecida. por el otro, está tu cuerpo, que si bien quizá esté cansado por haber permanecido en la misma posición durante el día, no tuvo la oportunidad de sacar toda la energía con la que lo llenaste. tu cuerpo se siente estancado porque las cosas que no fluyen se estancan, y la energía estancada (que los científicos llamarían potencial), es altamente volátil. así que estás deprimido, o gruñón, o ansioso, es decir, estás en un lugar emocional desde el cual tus reacciones a los estímulos del mundo son, digámoslo científicamente, un potencial desmadre.

entonces sientes algo que, si se parece a lo que siento yo, es desasosiego puro, y es particularmente desconcertante porque parece no venir de ningún lugar. es el alma, de la que ya casi nadie habla, pero que noche tras noche te dice que estás haciendo algo mal, que este estilo que de vida que mutila nuestras mentes y engorda nuestros cuerpos, daña además el vínculo entre ambos, la cualidad esencial, pineal o espiritual que nos hace, ya no digamos seres humanos, sino seres vivos, la cualidad volitiva, la pulsión que nos mueve, el deseo de ir a donde está la vida, como girasoles que buscan el sol, lo animal, lo que nos anima. esta civilización, y su ética, y sus modelos políticos y de producción están articulados en una estructura que enferma sistemáticamente el alma de lo vivo a través de perversiones conductuales retratadas bajo la vil etiqueta de normalidad. 

cuando ya no tienes nada que hacer, y en realidad no quieres hacer nada más, no puedes, sin embargo, estar en paz. yo bebo, o fumo un porro, o algo por el estilo. si eres liberal probablemente hagas lo mismo independientemente de tu sexo y edad, si no, y eres un hombre entre los 20 y los 90, es casi seguro que, al menos, bebes, si eres chica entre los 20 y los 50, comes, específicamente azúcar y carbohidratos, si eres chica de clase media o superior y pasas de los 50, es muy posible que tomes pastillas para la depresión, para la ansiedad, o para poder dormir.

al día siguiente te levantas por la mañana y tu cuerpo está otra vez lleno de energía, y tu mente está fresca. la vida es un milagro cotidiano, pero tú eres tonto, y no has aprendido nada todavía.

martes, 29 de noviembre de 2011

Si Calderón fuera Pinochet...

Si Calderón fuera Pinochet...

Matan a Nepomuceno Moreno, activista por los derechos de las víctimas de la guerra contra la delincuencia organizada. Matan a uno más.


En agosto de este año una noticia chilena le dio la vuelta al mundo: el gobierno del país reconocía 40,000 víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet entre los años de 1973 y 1990. La cifra comprende la suma de los casos de detenidos, desaparecidos y ejecutados durante el régimen del dictador, no contempla a los exiliados ni a las familias de las víctimas, y es muy posible que, en cualquier caso, se trate de una cifra minimizada.

Hoy los medios de México (algunos) presentan la noticia de la muerte de Nepomuceno Moreno, otra víctima de la "guerra contra el crimen organizado", emprendida por el presidente Calderón. Caso ejemplar por varias circunstancias: se trataba de un civil no enrolado ni en las listas del ejército nacional, ni en las de los grupos armados insurgentes. En cambio, Nepomuceno fue primero un acuacultor, luego un padre en busca de su hijo secuestrado por la policía, y finalmente un activista por los derechos humanos al lado Javier Sicilia. Moreno fue abatido ayer probablemente por los mismos que perpetraron la desaparición (y la muerte presumible) de su hijo. Su historia se suma así al archivo creciente de historias ejemplares, cada vez más cotidianas y normales, criminalizadas por la autoridad, rápidamente olvidadas por los medios, cada vez más acalladas, pero más insoslayables, y cada vez más trágicas.

La cifra de víctimas mortales de la guerra en México (las víctimas de Calderón) es hoy de más de 50,000, en exactamente cinco años. Esta cifra no considera desaparecidos, ni detenidos, tampoco a los familiares de las víctimas, y seguramente también es una cifra minimizada.

La muerte, la persecución y la aniquilación de los derechos civiles, son la realidad de México, la libertad y la seguridad son un sueño en agonía; el nombre de Felipe Calderón ya está inscrito con sangre en la historia nacional, no hay vuelta a atrás, su gobierno exhibe la peor violencia en el país desde la revolución y una de las tasas de mortalidad por razones políticas (porque la delincuencia es un asunto de definiciones políticas) más altas en América Latina en los últimos cien años, a estas alturas comparable con los cientos de miles muertos en Centroamérica durante la década de los ochenta. El presidente parece no tolerar la competencia del pasado, Pinochet ya le va quedando chico al pequeño Calderón, aún con un año por transcurrir en su infame sexenio: el temible año electoral.


http://www.jornada.unam.mx/2011/11/29/politica/014n1pol

http://www.animalpolitico.com/2011/11/calderon-le-prometio-apoyo-hoy-nepomuceno-esta-muerto/

viernes, 13 de mayo de 2011

El jazz es así

El jazz es uno de varios caminos que pueden trazarse entre el alma y el sonido, amplio y hondo, y estricto, pero libre. El arte es la generalidad de estos caminos, un orden de transformación de “lo otro” para ajustarlo al proceso de abstracción que ocurre en el interior del ejecutante: el artista. Ese punto en el cuerpo donde surge el arte y esa síntesis química que se convierte en creación nos son inaprensibles. El proceso completo es en realidad inexplicable. Que una pulsión se convierta en movimiento resulta lógico, que el hambre devenga en cacería o en agricultura resulta más bien comprensible. ¿De dónde viene sin embargo la necesidad de convertir la planta en pigmento, y el pigmento en trazo, y el trazo en forma, y la forma en símbolo? Hay algo que nos arrastra a transformar por transformar, para manifestar lo que de otro modo es incomunicable, a involucrarnos con el mundo para que un trozo de esa inmaterialidad que nos habita consiga trascendernos, para que permanezca, para que habite en alguien más. El arte es también sistema, las transformaciones construyen coherencias, y se convierten en lenguajes, es decir en traducción de la interioridad, en algo reconocible, que viaja entre sujetos y se vuelve a conocer, y puebla distintas almas. El arte es una forma más cabal de comunicar, una forma de ser fuera del ser, una expansión, objetual o no, finalmente inobservable, pero a veces, cuando hay suerte, inexplicablemente sensible.

El origen histórico del jazz es una de las piezas clásicas en el anecdotario de los géneros musicales. Prefiero evadir ese aspecto y ensayar otra forma de explicar el jazz, a propósito de un aspecto más antropológico de la música en general. Quisiera hablar de los lenguajes.

Pensar en lenguaje remite inevitablemente a la idea de lengua, de idioma y de cultura lingüística en general. Ello se debe a que la mayor parte de las tradiciones que estudian lo estudian parten precisamente de considerar este tipo de estructuras, u otras que en algún sentido se derivan o se asocian con estas. El factor histórico-social de la modernidad significó el inicio de un modelo de organización que durante cuatro siglos ha reproducido sociedades a partir de hábitos perceptivos e interpretativos predominantemente visuales, lógicos, racionales y lingüísticos. En este contexto la música presupone un paradigma distinto.

Es más difícil distinguir la esencia medular de los lenguajes musicales. ¿Qué significa un acorde de sol mayor?, ¿Qué significa un silencio de tres tiempos justo antes de una explosión de sonidos congruentes?, ¿Qué cambia en el discurso de un acorde en primera, o segunda, o tercera inversión? La respuesta no puede producirse en el universo de los significados trazados por la lengua... por eso inventamos la música. Hablar de los acordes no es escucharlos, el nombre no remite al sonido, y sólo el sonido remite a su propio significado; los significados, por otra parte, son pedazos del signo de Saussure, y Saussure era lingüista, no músico. Hay, en cambio, una equivalencia entre el sonido y el estado de la interioridad del músico y es en esa dirección que debemos buscar el orden interpretativo, la música es una expresión de ciertas regiones de nuestra humanidad que perciben e interpretan desde el sonido aquello que las acciones racionales y lingüísticas no pueden interpretar, las ondas que los tejidos ópticos no captan, las palabras que no están en los idiomas. La música es un idioma para las otras cosas que el alma tiene que decir.

Y luego está el jazz.

El jazz está hecho de la música que no cabe en los otros géneros. Hay música que depende de una fórmula, que funciona por reiteración o por lectura. El jazz es de una especie distinta, los temas, los standards y las piezas son un pretexto para la exploración de estructuras más abstractas, de rítmicas complejas, la armonía está construida para dar cabida al caos de un solo o de muchos solos simultáneos, el tiempo está planeado para ocultarse, para prescindir de él sin perderlo, el tiempo en el jazz es un misterio difícil de explicar, permanece siempre, pero casi siempre oculto, como un esqueleto, invisible bajo capas y capas de tejidos sonoros; la lógica, cuando existe, está disfrazada de locura, está tan plagada de aristas y recovecos que no se parece mucho a la lógica ordenada del resto de la música. El jazz en una música para construirse en el acto, sus reglas están diseñadas para anularse, no son un lenguaje sino una herramienta para construir lenguajes.

Como una oda al caos que edifica por sí misma nuevos versos nunca pronunciados antes cada vez que se enuncia, como instinto, como poder bucear en los abismos más profundos sin tanque de aire, como correr sin dirección. El lenguaje del jazz es complejo porque el caos es complejo, y porque el jazz implica un intento por existir en medio de lo caótico, por sumergirse en la complejidad interior, en ese lugar cualquiera de donde surge la explosión creadora, en esa otredad que nos habita. Para el espectador se trata de una experiencia parecida, hay un mensaje que se transmite en un lenguaje que no se habla con palabras y que se caracteriza por prescindir de otro sentido que el de continuar fluyendo. Pero el mensaje llega, la negociación de la mente con el estímulo insólito, del yo verbal con el yo más fractal de lo no lingüístico, producen al final una sensación de inercia y de saciedad, de libertad casi genuina y de asombro en el mejor de los casos. Porque el jazz es así, como el mar, como el infatigable andar de las montañas, cuando es bueno, es toda una fuerza natural.

viernes, 11 de marzo de 2011

El disfraz

El disfraz.
Se llama Carlos Flores Vargas, y dedica los días a comerciar por el centro histórico de la Ciudad de México. Lleva una gran mica colgando del cuello, que le llega hasta poco antes de las rodillas y está tapizada con recortes de prensa, con una pequeña bandeja en la parte superior que sirve de repisa para las quince o veinte copias de los dos libros en existencia, él los escribió, editó e imprimió, y representan la batalla de su vida. Flores es un hombre viejo, lleva una boina española y un abrigo largo, usa gafas y una bufanda gris. Entre triste y cursi, poco hay en él que haga pensar que se trata de un buen escritor. Así que si compré y leí los dos libros es porque a veces la vida es así, educativa.
Me lo topé en no recuerdo cuál de las calles cerradas que cruzan Madero, ideales para beber cerveza cara a orillas de una estampida humana, lo que en ciertos niveles es una experiencia grata, y en otros es al menos interesante. Cuando mi amigo Yaury Hernández y yo nos sentamos en nuestra mesa (en el exterior de uno de los bares, porque los dos somos fumadores), el señor Flores ya había abordado a los ocupantes de la mesa contigua, dos parejas de aspecto risueño que ni siquiera fingían interés en lo que el escritor estaba diciendo. Yaury y yo pedimos cada uno una Corona, nos sentamos a mirar el paisaje, y yo comencé a poner atención al monólogo.
No registré el inicio, me parece que Flores hizo un recuento de su juventud literaria pero tuve el mal gusto de perdérmelo. Podemos suponer que fue parecida a muchas otras juventudes literarias, más platónicas que reales, proclives a transitar constantemente por los caminos del fracaso, y a perseverar heroica o ilógicamente. Aparentemente se hizo hombre de familia desde muy temprano en la vida y eso le dejó poco tiempo para asuntos como ponerse a escribir, cosas así en el mundo neoliberal son poco más que una frivolidad. Luego, hacia mediados de la década de los ochenta, y con Flores cerca de los cuarenta años, el destino pareció dar ese giro al que casi todos los escritores aspiran.
Ante la disyuntiva de cómo hacer para que lo que uno escribe termine en la imprenta, Flores optó por aventurarse en lo desconocido y envió un montón de cuentos a un montón de periodistas pidiéndoles ayuda para publicar su trabajo. Recibió algunas respuestas, casi todas amables, casi todas de aliento, pero nada realmente útil, salvo una. Uno de entre el montón de periodistas era nada más y nada menos que Jacobo Zabludovsky, que no sólo leyó los cuentos del escritor sino que además se entusiasmó con ellos. En algún punto declaró: Me emocionaron, me divirtieron, me conmovieron. ¡Excelentes!, balazo que Flores todavía esgrime en las contraportadas de sus publicaciones. Zabludovsky se comprometió a intervenir y emitió una recomendación personal a la editorial Diana para que a Flores se le hiciera un contrato, y así fue, en mil novecientos ochenta y cuatro el escritor firmó un acuerdo de cinco años en el que cedía los derechos de autor para la publicación de doce mil ejemplares, y se puso a esperar.
Este es el periodo de ascenso de Carlos Flores Vargas. El contrato con Diana es uno entre varios logros, por los mismos años envía cuentos a concursos y comienza una colección de pequeñas menciones y primeros puestos. Destacan un cuarto lugar en el Premio Juan Rulfo, de Guadalajara, y el lugar de honor en el Premio Max Aub, del Ayuntamiento de Segorbe, España. Su nombre empieza a hacerse frecuente en la crítica de la literatura marginal mexicana, íntimamente Flores se supone en el camino al éxito. Pero hay algo que no marcha bien: la publicación de los cuentos en Diana está detenida. La empresa arguye que la situación económica del país exige cautela, pero la inactividad se prolonga y Flores comienza a perder la paciencia. En mil novecientos ochenta y nueve, con el plazo por vencer y ningún libro en los anaqueles, Diana no tiene una mejor oferta que aplazar el contrato de Flores cinco años más. El autor estalla, un poco con razón, un poco con soberbia, y con más vísceras que cerebro se lanza a la batalla.
La medida debía ser algo para la historia, qué importaba que el encuentro estuviera perdido de antemano, y Flores no creía que lo estuviera, en su relato (yo ya iba por la segunda cerveza, Yaury miraba la carta pensando en comer) no es capaz de evitar verse a sí mismo como a una especie de héroe en medio de una gesta, y yo apostaría a que pensaba ganar, a que Flores se sentía digno de ganar, se creía un gran escritor, se pensaba del lado de la justicia (y de la justicia poética), y adivinaba que en el peor de los casos (es decir, si perdía) la historia lo vindicaría más tarde o más temprano como a un mártir, que no es un héroe, pero tampoco está mal.
Usa como foro la Feria Metropolitana del Libro y el ocho de agosto se declara en huelga de hambre, consiguiendo que no pocos medios se interesen en cubrir el asunto, y contándole personalmente la triste historia a todo el que quiere escucharla. Uno puede imaginar el clima alrededor de los acontecimientos, frívolo, pero político, medianamente moral, medianamente interesante, inflamado, mórbido, un triunfo del amarillismo cultural.
La huelga se prolonga durante algunos días sin respuesta de Diana, así que Flores da otra vuelta de tuerca. El once de agosto anuncia que de no obtener una resolución favorable el día catorce se hará amputar quirúrgicamente un miembro del cuerpo y al día siguiente se lo comerá guisado a la mexicana, para quien guste asistir. Hay literatura disponible, Flores incluye varias fotocopias de artículos en las primeras páginas de uno de sus libros, las mismas que lleva pegadas al tablero. En internet también hay unos cuantos blogs con la historia. Según una de las notas, alegó que la falta de alimentos había comenzado a dañarle la creatividad, según otra la amputación extirparía específicamente uno de los dedos de la mano izquierda. Palabras más, palabras menos, lo que Flores ofrecía era el espectáculo de un hombre cometiendo una barbaridad por un poco de justicia, y un poco de notoriedad, en ambos sentidos una atrocidad digna de admiración. Tomé un trago más de cerveza, Yaury hizo una llamada telefónica, y yo aproveché para echarle un vistazo a Flores, había dos brazos, dos piernas, y todos los dedos. Lástima, pensé. La historia continuó pese al evidente tedio de los comensales que sin embargo no tenían el estómago para pedirle que se fuera, por culpa, por buena educación, o yo que sé.
El quince de agosto llegó y Flores no se comió ningún pedazo de sí mismo, ni siquiera se lo arrancó. Aparentemente la oficina de Derechos de Autor de la Secretaría de Educación Pública (que es la entidad que se encarga de estas cosas) se puso en contacto con la editorial y con él, y se programó una reunión para el dieciséis. La ley estaba de parte de Flores, Diana no podía violar el contrato como lo estaba haciendo y el escritor fue indemnizado y liberado de cualquier obligación con la empresa. Le dieron sesenta millones de pesos de aquella época, más o menos equivalentes a unos cien mil de hoy, por concepto de las regalías que Flores no llegaría a cobrar, y lo lanzaron de vuelta al mundo (cruel e inhóspito) de los autores no publicados. Sólo un medio cubrió el final de la historia, lo cual es perfectamente comprensible.
La coda es desafortunada, la huelga contra Diana terminó con la carrera editorial del escritor y ninguna otra empresa se ofrecería a firmarlo nunca más. Flores lo intentó, tocó las puertas que conocía, pero el resultado fue la misma negativa en todos los casos, luego, como muchos más, se rindió. En mil novecientos noventa y dos uno de sus cuentos fue incluido en la antología De surcos como trazos, como letras (Conaculta), compartiendo el índice con cuentos de José Agustín y Oscar de la Borbolla, pero Flores ya había renunciado a toda esperanza de volver a ver un volumen con su nombre en la portada, “Estaba haciendo el ridículo”, declara, “porque me pasó lo que al marido cornudo, fui el último en enterarme de que estaba vetado”. Independientemente de que la metáfora construya sentido o no, el veto era claro para Flores, hipotético pero claro, la industria le había dado la espalda al escritor.
En mil novecientos noventa y nueve, el periodista Ignacio Trejo Fuentes comentó el caso de Flores en alguna columna del diario Unomasuno, no incluida por el autor entre las copias impresas del libro, y del que sólo pude encontrar la siguiente cita en Internet:
Carlos Flores Vargas ha escrito más libros de cuentos y novelas, aunque permanecen inéditas o están hechas en ediciones patito. Qué lástima que no podamos conocerlos, pero ya ve, Carlos, quién le manda a ponerse a los cabezazos con yucatecos.
El fragmento ofrece información precaria, podemos sacar en claro que a Trejo lo convence la teoría del complot, y que tiene afinidad con ciertos prejuicios raciales. Se infiere (por referencias de Flores en uno de los textos disponibles) que el artículo contiene algún tipo de vindicación del autor, una especie de apología del escribir por escribir, del leer por leer, y de la libertad que las editoriales no pueden ni podrán enajenar jamás, o cosas por el estilo. Para Flores, la irrupción de su historia en el panorama de uno los diarios “importantes” del país quizás representó algo bastante más simple y más grande: la validación de su historia, de su lucha, y de sí mismo en algún sentido. Flores emerge de la apatía literaria y decide publicar por su cuenta, funda la “editorial” Patito Feo (Flores era impresor de oficio), y se da a la tarea de convertir los manuscritos en libro, con escasa idea de la labor de editor, pero con valentía, y con no poca vanidad. Flores relata los pormenores en las páginas iniciales de ambos libros, en una auto entrevista en la que se omiten las preguntas, y en la que algunas de las respuestas parecen haber esperado largo tiempo para ser escritas. Entre otras cosas, habla mal de los políticos, habla mal de los escritores, de las editoriales y de la literatura, habla mal de sí mismo, de las mujeres, y del libro que el lector tiene enfrente.
La historia termina más o menos ahí. Flores había pasado los últimos años rondando las calles del centro de la Ciudad de México, buscando lectores para sus libros, cargando con su estante y su tablero de noticias viejas, hablando con los desconocidos sobre la gran trampa de la vida. Según sus propias cifras ha vendido más de quince mil ejemplares, tiene en puerta una novela que se presentará en el programa de Jacobo, y su notoriedad crece constantemente entre los lectores de culto, aunque esta última afirmación (atribuida al escritor en uno de los artículos) a mí me parece hiperbólica.
Los libros son, al cabo, lo que queda, Flores no pronunció una palabra sobre sus cuentos a lo largo de la narración, probablemente porque los cuentos eran la parte menos importante de la historia, los libros no eran piezas de literatura, sino el residuo de su vida, en ellos estaba contenido todo, no en los relatos, no en el papel, pero en algún sitio, y en cada uno. Terminó con el relato y los ofreció a la audiencia más aburrida de la historia, el precio estaba sujeto a negociación porque a Flores no le interesaba hacerse rico, quería ser leído, y lo aclaró con un tono abnegado, e incluso solemne. Yo iba por la cuarta cerveza, los de junto se miraron mutuamente y decidieron no comprar nada, Flores insistió un poco, sin éxito, agradeció por la paciencia y se marchó... hacia mi mesa.
Nos preguntó si queríamos escuchar su historia, Yaury contestó que no y yo aclaré que ya habíamos escuchado grandes fragmentos de lo que había contado minutos atrás. No hubo forma de evitar que hiciera una síntesis general, breve por fortuna, luego me ofreció los libros directamente a mí, y me pidió sesenta pesos por cualquiera de los dos, le pregunté cuál era mejor, y él contestó que ambos eran igual de buenos, le ofrecí cien por el par, y Flores aceptó con agrado. Los compré por necedad, tenía ganas de que fueran buenos, tenía ganas de haber descubierto un auténtico escritor maldito, los compré intentando sentir lo que hubiera sentido si luego del relato Flores me hubiera mostrado el muñón donde antes estaba su mano. Lo cierto es que al final el cálculo de Flores era más o menos acertado, los dos libros sí eran igual de buenos: los dos eran malos.
En dos mil ocho, la periodista y escritora Patricia Zama publicó un artículo en el que Flores aparece primero como una leyenda urbana, luego un luchador social, y finalmente (y previsiblemente) como un mártir del arte mexicano. El retrato de Flores es el de un proscrito que levantó la mano contra el stablishment de la literatura y ganó una batalla, pero perdió la guerra. Lo habían vetado para siempre por su conducta rebelde y ningún Zabludovsky podría cambiar ese destino ahora, habían vuelto a atentar contra la precaria vida cultural del país, porque el capitalismo no conocía fronteras, y porque la literatura era un rehén fácil, y así la lucha de Flores era, en realidad, la lucha de todos. No hay una palabra sobre la obra del escritor, no hay una sola opinión, el artículo es político, no literario.
Algo parecido ocurre con el resto de los textos que Flores incluye en las páginas preliminares de los libros. La prensa de la época registra al autor como una atracción bizarra de la Feria Metropolitana, un fenómeno al lado de la mujer barbuda y la gente con cabeza de huevo: Carlos Flores Vargas, el hombre que casi se arrancó un brazo. La ausencia de una crítica persiste; afirmar que ninguna de las personas que escribió entonces acerca de Fuentes había leído sus libros me parece aventurado, pero no demasiado, la historia es buena independientemente de que Flores lo sea o no, es un artista premiado, es amigo de Jacobo Zabludovsky, y es un escritor firmado por Diana. No necesita ser bueno.
Y luego están los blogueros que escriben sobre el asunto, que tampoco son demasiados, y cuya opinión no es exactamente profunda, ni tan inteligente como emocional. A ellos, me imagino, les pasó lo que a mí, sucumbieron al hechizo de suponer que habían encontrado algo mágico, algo que el resto del mundo había pasado por alto, como nos pasó por alto a nosotros, y así, si Flores fuera bueno quizá para nosotros aún cabría algún consuelo. Pero Flores no es bueno, y ni con Jacobo, ni con Max Aub, ni con Diana se puede discutir contra la única evidencia final, el triunfo y la sangre de Flores, y su inagotable odisea: los libros.
Que sean terribles es una exageración. Flores no es el peor escritor en la historia del castellano, su lengua literaria casi es grata, estorba el barroquismo, el abuso de adjetivación, tal vez la falta de oficio, hay demasiadas palabras pero no porque sean muchas, sino porque muchas son innecesarias. Por ratos es un narrador simpático, que sin embargo no consigue evitar los vicios recurrentes, el texto no es una pieza terminada, carece de edición y hasta de autocensura, explica demasiado, matiza lo que acaso intimida al autor, o lo que lo atrae, aquello que al final es el eje de todas sus historias, la violencia, la crudeza, termina siempre elevándolas a cumbres que no les pertenecen, convierte lo terrible en algo cursi, lo bajo, me parece, lo atemoriza.
Las historias no son fracasos totales, a veces son imaginativas, Flores es capaz de ingeniar buenos argumentos, marcos para grandes historias y para grandes cuentos, que a veces incluso parecen la promesa de ambos. Pero el golpe que lanza no consigue entrar, Flores otra vez no se arranca el brazo, en el momento de escribir algo se esfuma, hay un proceso narrativo de negociación, ¿será con la moralidad?, ¿con la normalidad?, y la historia se tambalea hasta el aborrecible final, que tampoco es el peor posible, pero que no es el necesario, no hay fuerza, ni fiereza, no hay una sensación de riesgo, el mundo no se detiene, el cuento no pesa.
Mientras nos alejábamos del bar tuve la sensación de haber cometido un error. Yaury también lo creía, Te vas a arrepentir, me dijo, y supe que tenía razón, acababa de echar un billete a la basura, o lo había invertido en una lección innecesaria: los escritores malditos no rondan el centro histórico. No es una enseñanza digna de muchas palabras más. Leí los dos libros de un jalón un par de semanas más tarde, como pagando una penitencia, la sensación fue exactamente esa, la desilusión ni siquiera hizo acto de presencia. Muy en el fondo de mí una voz repetía: La vida es así.
A Flores me lo topé nuevamente un par de meses más tarde. También esta vez me acompañaba Yaury, estábamos en uno de los Salones Corona, en las mismas calles pero a la hora de la comida. Lo vi acercarse cuando estábamos por ordenar, habló con un par de chicas fresa que lo interrumpieron a los cinco minutos de la historia para confesarle que ellas no leían, Flores intentó hacer un chiste moral que no le salió, las chicas no rieron, y el escritor emigró. Llegó a mi mesa y nos ofreció su relato y sus libros, Yaury le dijo que ya nos conocíamos y que ya nos había contado todo, Flores nos recordaba o fingió recordarnos, me preguntó si había leído los libros y le dije que no pero que eran los siguientes en mi lista, era mentira, los había leído pocas semanas antes pero no tuve el valor de aceptarlo, no tenía ganas de decirle que no me habían gustado, y hay mentiras demasiado complicadas, casi imposibles de ejercer. Flores rió, o fingió reír, y se fue, miré a las chicas fresas de la mesa de junto e imaginé que en la cabeza de Flores yo no era muy distinto de ellas, y ninguno de nosotros era muy distinto de Diana. Y él era Flores, el mártir. Yaury me preguntó por qué no le había dicho lo que pensaba de su trabajo, (él sabía que no me había gustado), y le contesté con toda la honestidad que había en mí, Por pereza, dije, bebí un poco de cerveza y traté de olvidarme del asunto.
Pero no lo consigo del todo, y cuando lo revisito siempre pienso en cómo fue que la vida terminó por prestarle el disfraz de un escritor proscrito a un escritor mediocre, y en aquellos que cuando lo miran toman el disfraz por verdadero, y en mí, como un abrupto provinciano en la capital, deslumbrado con el romance fácil de los lugares comunes.
En fin.