lunes, 4 de junio de 2012

un día de la vida sin vida


te levantas por la mañana, tu cuerpo está lleno de energía y tu mente está fresca. comes algo y luego tomas café, ahora estás turbo cargado, estás más que listo para ir al mundo y caminar treinta kilómetros, arrancar patatas de los campos, correr detrás de un suculento conejo, o bien para pasear durante horas en medio de un debate mental acerca de la conciencia y el espíritu, o bien listo para enfrentar un activo día en el taller, porque eres artista, o ingeniero, o científico, o algo así de divertido.

pero no es eso lo que haces. en cambio, conduces tu automóvil, o abordas un taxi, o tomas el transporte público rumbo a lo que cariñosamente llamas "tu trabajo".

si eres profesor estoy casi seguro de que no querías se profesor, si eres doctor, estoy seguro de que tu trabajo no es lo que esperabas, si eres abogado, estoy seguro de que no querías ser burócrata, si eres comunicador, estoy seguro de que no querías terminar como la boca que pide dinero a nombre de alguien más. como que te apuesto una cerveza. pero no importa, tienes que ir a trabajar, porque necesitas el dinero, o porque necesitas la validación, y porque no eres un huevón, y porque lo dice dios, y porque es lo que hace el resto de la gente.

ocho horas, que mitigas a ratos con más café, una coca cola, y luego una torta y una tutsi pop, es decir, energía, más energía, más energía antes de volver a tu cajón, a tu cubículo de la frustración. hay que decirlo tal cual es: pasas ocho horas de cada día haciendo cosas que no quieres hacer. no papas, no arte, no espíritu, no cosas divertidas, y no conejos.

cuando todo termina tu mente ya no está fresca, se siente opaca, aturdida, lo está, es muy posible que ese día no hayas escuchado ninguna buena canción, que no hayas leído ningún buen párrafo, no hayas visto ninguna pintura, ni fotografía, ni secuencia cinemática de valor (sea lo que sea a lo que le des valor). es muy posible que tu día haya estado lleno de cifras, de pendientes, de letras en una hoja de texto, de memes que ya habías visto, de conversaciones que ya habías tenido, de pavimento gris, de cielo gris, de olores grises, de sensaciones grises. tu mente, efectivamente, está hecha pedazos.

entonces lo que tú eres se bifurca. por un lado está esa mente tuya, aburrida y, más que extenuada, entumecida. por el otro, está tu cuerpo, que si bien quizá esté cansado por haber permanecido en la misma posición durante el día, no tuvo la oportunidad de sacar toda la energía con la que lo llenaste. tu cuerpo se siente estancado porque las cosas que no fluyen se estancan, y la energía estancada (que los científicos llamarían potencial), es altamente volátil. así que estás deprimido, o gruñón, o ansioso, es decir, estás en un lugar emocional desde el cual tus reacciones a los estímulos del mundo son, digámoslo científicamente, un potencial desmadre.

entonces sientes algo que, si se parece a lo que siento yo, es desasosiego puro, y es particularmente desconcertante porque parece no venir de ningún lugar. es el alma, de la que ya casi nadie habla, pero que noche tras noche te dice que estás haciendo algo mal, que este estilo que de vida que mutila nuestras mentes y engorda nuestros cuerpos, daña además el vínculo entre ambos, la cualidad esencial, pineal o espiritual que nos hace, ya no digamos seres humanos, sino seres vivos, la cualidad volitiva, la pulsión que nos mueve, el deseo de ir a donde está la vida, como girasoles que buscan el sol, lo animal, lo que nos anima. esta civilización, y su ética, y sus modelos políticos y de producción están articulados en una estructura que enferma sistemáticamente el alma de lo vivo a través de perversiones conductuales retratadas bajo la vil etiqueta de normalidad. 

cuando ya no tienes nada que hacer, y en realidad no quieres hacer nada más, no puedes, sin embargo, estar en paz. yo bebo, o fumo un porro, o algo por el estilo. si eres liberal probablemente hagas lo mismo independientemente de tu sexo y edad, si no, y eres un hombre entre los 20 y los 90, es casi seguro que, al menos, bebes, si eres chica entre los 20 y los 50, comes, específicamente azúcar y carbohidratos, si eres chica de clase media o superior y pasas de los 50, es muy posible que tomes pastillas para la depresión, para la ansiedad, o para poder dormir.

al día siguiente te levantas por la mañana y tu cuerpo está otra vez lleno de energía, y tu mente está fresca. la vida es un milagro cotidiano, pero tú eres tonto, y no has aprendido nada todavía.

martes, 29 de noviembre de 2011

Si Calderón fuera Pinochet...

Si Calderón fuera Pinochet...

Matan a Nepomuceno Moreno, activista por los derechos de las víctimas de la guerra contra la delincuencia organizada. Matan a uno más.


En agosto de este año una noticia chilena le dio la vuelta al mundo: el gobierno del país reconocía 40,000 víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet entre los años de 1973 y 1990. La cifra comprende la suma de los casos de detenidos, desaparecidos y ejecutados durante el régimen del dictador, no contempla a los exiliados ni a las familias de las víctimas, y es muy posible que, en cualquier caso, se trate de una cifra minimizada.

Hoy los medios de México (algunos) presentan la noticia de la muerte de Nepomuceno Moreno, otra víctima de la "guerra contra el crimen organizado", emprendida por el presidente Calderón. Caso ejemplar por varias circunstancias: se trataba de un civil no enrolado ni en las listas del ejército nacional, ni en las de los grupos armados insurgentes. En cambio, Nepomuceno fue primero un acuacultor, luego un padre en busca de su hijo secuestrado por la policía, y finalmente un activista por los derechos humanos al lado Javier Sicilia. Moreno fue abatido ayer probablemente por los mismos que perpetraron la desaparición (y la muerte presumible) de su hijo. Su historia se suma así al archivo creciente de historias ejemplares, cada vez más cotidianas y normales, criminalizadas por la autoridad, rápidamente olvidadas por los medios, cada vez más acalladas, pero más insoslayables, y cada vez más trágicas.

La cifra de víctimas mortales de la guerra en México (las víctimas de Calderón) es hoy de más de 50,000, en exactamente cinco años. Esta cifra no considera desaparecidos, ni detenidos, tampoco a los familiares de las víctimas, y seguramente también es una cifra minimizada.

La muerte, la persecución y la aniquilación de los derechos civiles, son la realidad de México, la libertad y la seguridad son un sueño en agonía; el nombre de Felipe Calderón ya está inscrito con sangre en la historia nacional, no hay vuelta a atrás, su gobierno exhibe la peor violencia en el país desde la revolución y una de las tasas de mortalidad por razones políticas (porque la delincuencia es un asunto de definiciones políticas) más altas en América Latina en los últimos cien años, a estas alturas comparable con los cientos de miles muertos en Centroamérica durante la década de los ochenta. El presidente parece no tolerar la competencia del pasado, Pinochet ya le va quedando chico al pequeño Calderón, aún con un año por transcurrir en su infame sexenio: el temible año electoral.


http://www.jornada.unam.mx/2011/11/29/politica/014n1pol

http://www.animalpolitico.com/2011/11/calderon-le-prometio-apoyo-hoy-nepomuceno-esta-muerto/

viernes, 13 de mayo de 2011

El jazz es así

El jazz es uno de varios caminos que pueden trazarse entre el alma y el sonido, amplio y hondo, y estricto, pero libre. El arte es la generalidad de estos caminos, un orden de transformación de “lo otro” para ajustarlo al proceso de abstracción que ocurre en el interior del ejecutante: el artista. Ese punto en el cuerpo donde surge el arte y esa síntesis química que se convierte en creación nos son inaprensibles. El proceso completo es en realidad inexplicable. Que una pulsión se convierta en movimiento resulta lógico, que el hambre devenga en cacería o en agricultura resulta más bien comprensible. ¿De dónde viene sin embargo la necesidad de convertir la planta en pigmento, y el pigmento en trazo, y el trazo en forma, y la forma en símbolo? Hay algo que nos arrastra a transformar por transformar, para manifestar lo que de otro modo es incomunicable, a involucrarnos con el mundo para que un trozo de esa inmaterialidad que nos habita consiga trascendernos, para que permanezca, para que habite en alguien más. El arte es también sistema, las transformaciones construyen coherencias, y se convierten en lenguajes, es decir en traducción de la interioridad, en algo reconocible, que viaja entre sujetos y se vuelve a conocer, y puebla distintas almas. El arte es una forma más cabal de comunicar, una forma de ser fuera del ser, una expansión, objetual o no, finalmente inobservable, pero a veces, cuando hay suerte, inexplicablemente sensible.

El origen histórico del jazz es una de las piezas clásicas en el anecdotario de los géneros musicales. Prefiero evadir ese aspecto y ensayar otra forma de explicar el jazz, a propósito de un aspecto más antropológico de la música en general. Quisiera hablar de los lenguajes.

Pensar en lenguaje remite inevitablemente a la idea de lengua, de idioma y de cultura lingüística en general. Ello se debe a que la mayor parte de las tradiciones que estudian lo estudian parten precisamente de considerar este tipo de estructuras, u otras que en algún sentido se derivan o se asocian con estas. El factor histórico-social de la modernidad significó el inicio de un modelo de organización que durante cuatro siglos ha reproducido sociedades a partir de hábitos perceptivos e interpretativos predominantemente visuales, lógicos, racionales y lingüísticos. En este contexto la música presupone un paradigma distinto.

Es más difícil distinguir la esencia medular de los lenguajes musicales. ¿Qué significa un acorde de sol mayor?, ¿Qué significa un silencio de tres tiempos justo antes de una explosión de sonidos congruentes?, ¿Qué cambia en el discurso de un acorde en primera, o segunda, o tercera inversión? La respuesta no puede producirse en el universo de los significados trazados por la lengua... por eso inventamos la música. Hablar de los acordes no es escucharlos, el nombre no remite al sonido, y sólo el sonido remite a su propio significado; los significados, por otra parte, son pedazos del signo de Saussure, y Saussure era lingüista, no músico. Hay, en cambio, una equivalencia entre el sonido y el estado de la interioridad del músico y es en esa dirección que debemos buscar el orden interpretativo, la música es una expresión de ciertas regiones de nuestra humanidad que perciben e interpretan desde el sonido aquello que las acciones racionales y lingüísticas no pueden interpretar, las ondas que los tejidos ópticos no captan, las palabras que no están en los idiomas. La música es un idioma para las otras cosas que el alma tiene que decir.

Y luego está el jazz.

El jazz está hecho de la música que no cabe en los otros géneros. Hay música que depende de una fórmula, que funciona por reiteración o por lectura. El jazz es de una especie distinta, los temas, los standards y las piezas son un pretexto para la exploración de estructuras más abstractas, de rítmicas complejas, la armonía está construida para dar cabida al caos de un solo o de muchos solos simultáneos, el tiempo está planeado para ocultarse, para prescindir de él sin perderlo, el tiempo en el jazz es un misterio difícil de explicar, permanece siempre, pero casi siempre oculto, como un esqueleto, invisible bajo capas y capas de tejidos sonoros; la lógica, cuando existe, está disfrazada de locura, está tan plagada de aristas y recovecos que no se parece mucho a la lógica ordenada del resto de la música. El jazz en una música para construirse en el acto, sus reglas están diseñadas para anularse, no son un lenguaje sino una herramienta para construir lenguajes.

Como una oda al caos que edifica por sí misma nuevos versos nunca pronunciados antes cada vez que se enuncia, como instinto, como poder bucear en los abismos más profundos sin tanque de aire, como correr sin dirección. El lenguaje del jazz es complejo porque el caos es complejo, y porque el jazz implica un intento por existir en medio de lo caótico, por sumergirse en la complejidad interior, en ese lugar cualquiera de donde surge la explosión creadora, en esa otredad que nos habita. Para el espectador se trata de una experiencia parecida, hay un mensaje que se transmite en un lenguaje que no se habla con palabras y que se caracteriza por prescindir de otro sentido que el de continuar fluyendo. Pero el mensaje llega, la negociación de la mente con el estímulo insólito, del yo verbal con el yo más fractal de lo no lingüístico, producen al final una sensación de inercia y de saciedad, de libertad casi genuina y de asombro en el mejor de los casos. Porque el jazz es así, como el mar, como el infatigable andar de las montañas, cuando es bueno, es toda una fuerza natural.

viernes, 11 de marzo de 2011

El disfraz

El disfraz.
Se llama Carlos Flores Vargas, y dedica los días a comerciar por el centro histórico de la Ciudad de México. Lleva una gran mica colgando del cuello, que le llega hasta poco antes de las rodillas y está tapizada con recortes de prensa, con una pequeña bandeja en la parte superior que sirve de repisa para las quince o veinte copias de los dos libros en existencia, él los escribió, editó e imprimió, y representan la batalla de su vida. Flores es un hombre viejo, lleva una boina española y un abrigo largo, usa gafas y una bufanda gris. Entre triste y cursi, poco hay en él que haga pensar que se trata de un buen escritor. Así que si compré y leí los dos libros es porque a veces la vida es así, educativa.
Me lo topé en no recuerdo cuál de las calles cerradas que cruzan Madero, ideales para beber cerveza cara a orillas de una estampida humana, lo que en ciertos niveles es una experiencia grata, y en otros es al menos interesante. Cuando mi amigo Yaury Hernández y yo nos sentamos en nuestra mesa (en el exterior de uno de los bares, porque los dos somos fumadores), el señor Flores ya había abordado a los ocupantes de la mesa contigua, dos parejas de aspecto risueño que ni siquiera fingían interés en lo que el escritor estaba diciendo. Yaury y yo pedimos cada uno una Corona, nos sentamos a mirar el paisaje, y yo comencé a poner atención al monólogo.
No registré el inicio, me parece que Flores hizo un recuento de su juventud literaria pero tuve el mal gusto de perdérmelo. Podemos suponer que fue parecida a muchas otras juventudes literarias, más platónicas que reales, proclives a transitar constantemente por los caminos del fracaso, y a perseverar heroica o ilógicamente. Aparentemente se hizo hombre de familia desde muy temprano en la vida y eso le dejó poco tiempo para asuntos como ponerse a escribir, cosas así en el mundo neoliberal son poco más que una frivolidad. Luego, hacia mediados de la década de los ochenta, y con Flores cerca de los cuarenta años, el destino pareció dar ese giro al que casi todos los escritores aspiran.
Ante la disyuntiva de cómo hacer para que lo que uno escribe termine en la imprenta, Flores optó por aventurarse en lo desconocido y envió un montón de cuentos a un montón de periodistas pidiéndoles ayuda para publicar su trabajo. Recibió algunas respuestas, casi todas amables, casi todas de aliento, pero nada realmente útil, salvo una. Uno de entre el montón de periodistas era nada más y nada menos que Jacobo Zabludovsky, que no sólo leyó los cuentos del escritor sino que además se entusiasmó con ellos. En algún punto declaró: Me emocionaron, me divirtieron, me conmovieron. ¡Excelentes!, balazo que Flores todavía esgrime en las contraportadas de sus publicaciones. Zabludovsky se comprometió a intervenir y emitió una recomendación personal a la editorial Diana para que a Flores se le hiciera un contrato, y así fue, en mil novecientos ochenta y cuatro el escritor firmó un acuerdo de cinco años en el que cedía los derechos de autor para la publicación de doce mil ejemplares, y se puso a esperar.
Este es el periodo de ascenso de Carlos Flores Vargas. El contrato con Diana es uno entre varios logros, por los mismos años envía cuentos a concursos y comienza una colección de pequeñas menciones y primeros puestos. Destacan un cuarto lugar en el Premio Juan Rulfo, de Guadalajara, y el lugar de honor en el Premio Max Aub, del Ayuntamiento de Segorbe, España. Su nombre empieza a hacerse frecuente en la crítica de la literatura marginal mexicana, íntimamente Flores se supone en el camino al éxito. Pero hay algo que no marcha bien: la publicación de los cuentos en Diana está detenida. La empresa arguye que la situación económica del país exige cautela, pero la inactividad se prolonga y Flores comienza a perder la paciencia. En mil novecientos ochenta y nueve, con el plazo por vencer y ningún libro en los anaqueles, Diana no tiene una mejor oferta que aplazar el contrato de Flores cinco años más. El autor estalla, un poco con razón, un poco con soberbia, y con más vísceras que cerebro se lanza a la batalla.
La medida debía ser algo para la historia, qué importaba que el encuentro estuviera perdido de antemano, y Flores no creía que lo estuviera, en su relato (yo ya iba por la segunda cerveza, Yaury miraba la carta pensando en comer) no es capaz de evitar verse a sí mismo como a una especie de héroe en medio de una gesta, y yo apostaría a que pensaba ganar, a que Flores se sentía digno de ganar, se creía un gran escritor, se pensaba del lado de la justicia (y de la justicia poética), y adivinaba que en el peor de los casos (es decir, si perdía) la historia lo vindicaría más tarde o más temprano como a un mártir, que no es un héroe, pero tampoco está mal.
Usa como foro la Feria Metropolitana del Libro y el ocho de agosto se declara en huelga de hambre, consiguiendo que no pocos medios se interesen en cubrir el asunto, y contándole personalmente la triste historia a todo el que quiere escucharla. Uno puede imaginar el clima alrededor de los acontecimientos, frívolo, pero político, medianamente moral, medianamente interesante, inflamado, mórbido, un triunfo del amarillismo cultural.
La huelga se prolonga durante algunos días sin respuesta de Diana, así que Flores da otra vuelta de tuerca. El once de agosto anuncia que de no obtener una resolución favorable el día catorce se hará amputar quirúrgicamente un miembro del cuerpo y al día siguiente se lo comerá guisado a la mexicana, para quien guste asistir. Hay literatura disponible, Flores incluye varias fotocopias de artículos en las primeras páginas de uno de sus libros, las mismas que lleva pegadas al tablero. En internet también hay unos cuantos blogs con la historia. Según una de las notas, alegó que la falta de alimentos había comenzado a dañarle la creatividad, según otra la amputación extirparía específicamente uno de los dedos de la mano izquierda. Palabras más, palabras menos, lo que Flores ofrecía era el espectáculo de un hombre cometiendo una barbaridad por un poco de justicia, y un poco de notoriedad, en ambos sentidos una atrocidad digna de admiración. Tomé un trago más de cerveza, Yaury hizo una llamada telefónica, y yo aproveché para echarle un vistazo a Flores, había dos brazos, dos piernas, y todos los dedos. Lástima, pensé. La historia continuó pese al evidente tedio de los comensales que sin embargo no tenían el estómago para pedirle que se fuera, por culpa, por buena educación, o yo que sé.
El quince de agosto llegó y Flores no se comió ningún pedazo de sí mismo, ni siquiera se lo arrancó. Aparentemente la oficina de Derechos de Autor de la Secretaría de Educación Pública (que es la entidad que se encarga de estas cosas) se puso en contacto con la editorial y con él, y se programó una reunión para el dieciséis. La ley estaba de parte de Flores, Diana no podía violar el contrato como lo estaba haciendo y el escritor fue indemnizado y liberado de cualquier obligación con la empresa. Le dieron sesenta millones de pesos de aquella época, más o menos equivalentes a unos cien mil de hoy, por concepto de las regalías que Flores no llegaría a cobrar, y lo lanzaron de vuelta al mundo (cruel e inhóspito) de los autores no publicados. Sólo un medio cubrió el final de la historia, lo cual es perfectamente comprensible.
La coda es desafortunada, la huelga contra Diana terminó con la carrera editorial del escritor y ninguna otra empresa se ofrecería a firmarlo nunca más. Flores lo intentó, tocó las puertas que conocía, pero el resultado fue la misma negativa en todos los casos, luego, como muchos más, se rindió. En mil novecientos noventa y dos uno de sus cuentos fue incluido en la antología De surcos como trazos, como letras (Conaculta), compartiendo el índice con cuentos de José Agustín y Oscar de la Borbolla, pero Flores ya había renunciado a toda esperanza de volver a ver un volumen con su nombre en la portada, “Estaba haciendo el ridículo”, declara, “porque me pasó lo que al marido cornudo, fui el último en enterarme de que estaba vetado”. Independientemente de que la metáfora construya sentido o no, el veto era claro para Flores, hipotético pero claro, la industria le había dado la espalda al escritor.
En mil novecientos noventa y nueve, el periodista Ignacio Trejo Fuentes comentó el caso de Flores en alguna columna del diario Unomasuno, no incluida por el autor entre las copias impresas del libro, y del que sólo pude encontrar la siguiente cita en Internet:
Carlos Flores Vargas ha escrito más libros de cuentos y novelas, aunque permanecen inéditas o están hechas en ediciones patito. Qué lástima que no podamos conocerlos, pero ya ve, Carlos, quién le manda a ponerse a los cabezazos con yucatecos.
El fragmento ofrece información precaria, podemos sacar en claro que a Trejo lo convence la teoría del complot, y que tiene afinidad con ciertos prejuicios raciales. Se infiere (por referencias de Flores en uno de los textos disponibles) que el artículo contiene algún tipo de vindicación del autor, una especie de apología del escribir por escribir, del leer por leer, y de la libertad que las editoriales no pueden ni podrán enajenar jamás, o cosas por el estilo. Para Flores, la irrupción de su historia en el panorama de uno los diarios “importantes” del país quizás representó algo bastante más simple y más grande: la validación de su historia, de su lucha, y de sí mismo en algún sentido. Flores emerge de la apatía literaria y decide publicar por su cuenta, funda la “editorial” Patito Feo (Flores era impresor de oficio), y se da a la tarea de convertir los manuscritos en libro, con escasa idea de la labor de editor, pero con valentía, y con no poca vanidad. Flores relata los pormenores en las páginas iniciales de ambos libros, en una auto entrevista en la que se omiten las preguntas, y en la que algunas de las respuestas parecen haber esperado largo tiempo para ser escritas. Entre otras cosas, habla mal de los políticos, habla mal de los escritores, de las editoriales y de la literatura, habla mal de sí mismo, de las mujeres, y del libro que el lector tiene enfrente.
La historia termina más o menos ahí. Flores había pasado los últimos años rondando las calles del centro de la Ciudad de México, buscando lectores para sus libros, cargando con su estante y su tablero de noticias viejas, hablando con los desconocidos sobre la gran trampa de la vida. Según sus propias cifras ha vendido más de quince mil ejemplares, tiene en puerta una novela que se presentará en el programa de Jacobo, y su notoriedad crece constantemente entre los lectores de culto, aunque esta última afirmación (atribuida al escritor en uno de los artículos) a mí me parece hiperbólica.
Los libros son, al cabo, lo que queda, Flores no pronunció una palabra sobre sus cuentos a lo largo de la narración, probablemente porque los cuentos eran la parte menos importante de la historia, los libros no eran piezas de literatura, sino el residuo de su vida, en ellos estaba contenido todo, no en los relatos, no en el papel, pero en algún sitio, y en cada uno. Terminó con el relato y los ofreció a la audiencia más aburrida de la historia, el precio estaba sujeto a negociación porque a Flores no le interesaba hacerse rico, quería ser leído, y lo aclaró con un tono abnegado, e incluso solemne. Yo iba por la cuarta cerveza, los de junto se miraron mutuamente y decidieron no comprar nada, Flores insistió un poco, sin éxito, agradeció por la paciencia y se marchó... hacia mi mesa.
Nos preguntó si queríamos escuchar su historia, Yaury contestó que no y yo aclaré que ya habíamos escuchado grandes fragmentos de lo que había contado minutos atrás. No hubo forma de evitar que hiciera una síntesis general, breve por fortuna, luego me ofreció los libros directamente a mí, y me pidió sesenta pesos por cualquiera de los dos, le pregunté cuál era mejor, y él contestó que ambos eran igual de buenos, le ofrecí cien por el par, y Flores aceptó con agrado. Los compré por necedad, tenía ganas de que fueran buenos, tenía ganas de haber descubierto un auténtico escritor maldito, los compré intentando sentir lo que hubiera sentido si luego del relato Flores me hubiera mostrado el muñón donde antes estaba su mano. Lo cierto es que al final el cálculo de Flores era más o menos acertado, los dos libros sí eran igual de buenos: los dos eran malos.
En dos mil ocho, la periodista y escritora Patricia Zama publicó un artículo en el que Flores aparece primero como una leyenda urbana, luego un luchador social, y finalmente (y previsiblemente) como un mártir del arte mexicano. El retrato de Flores es el de un proscrito que levantó la mano contra el stablishment de la literatura y ganó una batalla, pero perdió la guerra. Lo habían vetado para siempre por su conducta rebelde y ningún Zabludovsky podría cambiar ese destino ahora, habían vuelto a atentar contra la precaria vida cultural del país, porque el capitalismo no conocía fronteras, y porque la literatura era un rehén fácil, y así la lucha de Flores era, en realidad, la lucha de todos. No hay una palabra sobre la obra del escritor, no hay una sola opinión, el artículo es político, no literario.
Algo parecido ocurre con el resto de los textos que Flores incluye en las páginas preliminares de los libros. La prensa de la época registra al autor como una atracción bizarra de la Feria Metropolitana, un fenómeno al lado de la mujer barbuda y la gente con cabeza de huevo: Carlos Flores Vargas, el hombre que casi se arrancó un brazo. La ausencia de una crítica persiste; afirmar que ninguna de las personas que escribió entonces acerca de Fuentes había leído sus libros me parece aventurado, pero no demasiado, la historia es buena independientemente de que Flores lo sea o no, es un artista premiado, es amigo de Jacobo Zabludovsky, y es un escritor firmado por Diana. No necesita ser bueno.
Y luego están los blogueros que escriben sobre el asunto, que tampoco son demasiados, y cuya opinión no es exactamente profunda, ni tan inteligente como emocional. A ellos, me imagino, les pasó lo que a mí, sucumbieron al hechizo de suponer que habían encontrado algo mágico, algo que el resto del mundo había pasado por alto, como nos pasó por alto a nosotros, y así, si Flores fuera bueno quizá para nosotros aún cabría algún consuelo. Pero Flores no es bueno, y ni con Jacobo, ni con Max Aub, ni con Diana se puede discutir contra la única evidencia final, el triunfo y la sangre de Flores, y su inagotable odisea: los libros.
Que sean terribles es una exageración. Flores no es el peor escritor en la historia del castellano, su lengua literaria casi es grata, estorba el barroquismo, el abuso de adjetivación, tal vez la falta de oficio, hay demasiadas palabras pero no porque sean muchas, sino porque muchas son innecesarias. Por ratos es un narrador simpático, que sin embargo no consigue evitar los vicios recurrentes, el texto no es una pieza terminada, carece de edición y hasta de autocensura, explica demasiado, matiza lo que acaso intimida al autor, o lo que lo atrae, aquello que al final es el eje de todas sus historias, la violencia, la crudeza, termina siempre elevándolas a cumbres que no les pertenecen, convierte lo terrible en algo cursi, lo bajo, me parece, lo atemoriza.
Las historias no son fracasos totales, a veces son imaginativas, Flores es capaz de ingeniar buenos argumentos, marcos para grandes historias y para grandes cuentos, que a veces incluso parecen la promesa de ambos. Pero el golpe que lanza no consigue entrar, Flores otra vez no se arranca el brazo, en el momento de escribir algo se esfuma, hay un proceso narrativo de negociación, ¿será con la moralidad?, ¿con la normalidad?, y la historia se tambalea hasta el aborrecible final, que tampoco es el peor posible, pero que no es el necesario, no hay fuerza, ni fiereza, no hay una sensación de riesgo, el mundo no se detiene, el cuento no pesa.
Mientras nos alejábamos del bar tuve la sensación de haber cometido un error. Yaury también lo creía, Te vas a arrepentir, me dijo, y supe que tenía razón, acababa de echar un billete a la basura, o lo había invertido en una lección innecesaria: los escritores malditos no rondan el centro histórico. No es una enseñanza digna de muchas palabras más. Leí los dos libros de un jalón un par de semanas más tarde, como pagando una penitencia, la sensación fue exactamente esa, la desilusión ni siquiera hizo acto de presencia. Muy en el fondo de mí una voz repetía: La vida es así.
A Flores me lo topé nuevamente un par de meses más tarde. También esta vez me acompañaba Yaury, estábamos en uno de los Salones Corona, en las mismas calles pero a la hora de la comida. Lo vi acercarse cuando estábamos por ordenar, habló con un par de chicas fresa que lo interrumpieron a los cinco minutos de la historia para confesarle que ellas no leían, Flores intentó hacer un chiste moral que no le salió, las chicas no rieron, y el escritor emigró. Llegó a mi mesa y nos ofreció su relato y sus libros, Yaury le dijo que ya nos conocíamos y que ya nos había contado todo, Flores nos recordaba o fingió recordarnos, me preguntó si había leído los libros y le dije que no pero que eran los siguientes en mi lista, era mentira, los había leído pocas semanas antes pero no tuve el valor de aceptarlo, no tenía ganas de decirle que no me habían gustado, y hay mentiras demasiado complicadas, casi imposibles de ejercer. Flores rió, o fingió reír, y se fue, miré a las chicas fresas de la mesa de junto e imaginé que en la cabeza de Flores yo no era muy distinto de ellas, y ninguno de nosotros era muy distinto de Diana. Y él era Flores, el mártir. Yaury me preguntó por qué no le había dicho lo que pensaba de su trabajo, (él sabía que no me había gustado), y le contesté con toda la honestidad que había en mí, Por pereza, dije, bebí un poco de cerveza y traté de olvidarme del asunto.
Pero no lo consigo del todo, y cuando lo revisito siempre pienso en cómo fue que la vida terminó por prestarle el disfraz de un escritor proscrito a un escritor mediocre, y en aquellos que cuando lo miran toman el disfraz por verdadero, y en mí, como un abrupto provinciano en la capital, deslumbrado con el romance fácil de los lugares comunes.
En fin.

martes, 10 de agosto de 2010

Diálogo I

Diálogos I

 

Tres tonos de llamada, luego alguien descuelga el auricular, luego hay un silencio perturbador.

-       ¿Sí? ¿Buenas noches?

-       Buenas noches

-       Disculpe usted, ¿a dónde llamo?

Silencio nuevamente.

-       Este es el 066, servicio de emergencias del estado. ¿No sabe usted que marcó el 066?

Silencio breve.

-       Pues sí, por supuesto que lo sé, ¿no debería usted contestar algo como “Servicio de Emergencias del Estado, ¿cuál es su emergencia?”?

-       ¿No me escuchó decirlo?

-       No.

-       Carajo. Esta chunche ya no funciona otra vez. Usted disculpe, ¿cuál es su emergencia?

-       Creo que me picó un alacrán.

-       ¿No está seguro?

-       Bueno, sí: me picó un alacrán.

Silencio, suspiro.

-       ¿Podría indicarme lo que ocurrió?.

-       Me levanté por un bocadillo pero no quise encender la luz.

-       ¿No llevaba chanclas?

-       No, no acostumbro usarlas.

-       Ya veo. Continúe.

-       Pues eso es básicamente todo, no encendí la luz, no vi el alacrán, supongo que lo pisé, sentí un pinchazo, encendí la luz, le di alcance y lo desbaraté con el primer objeto que me quedó a la mano, que por cierto fue una Biblia. Resulta que yo soy ateo, pero hoy me protegí del mal con una Biblia. ¿No le pasan a usted cosas así? A veces la vida puede ser muy discursiva.

-       Yo soy católico, y no sé que quiere decir “discursivo”.

-       Eso cree usted.

Silencio.

-       ¿Mató al alacrán?

-       Efectivamente.

-       ¿Puede decirme el tamaño aproximado del artrópodo?

Silencio breve.

-       No sé. No soy muy bueno para calcular…

-       ¿Del tamaño de una mano?

-       ¿De la palma, o de la mano con todo y dedos?

Suspiro.

-       ¿De qué tamaño era el suyo?

-       Un poco más pequeño que una palma.

-       Entiendo. No suena demasiado peligroso.

-       No, tal vez no.

-       Dígame, ¿presenta usted algún malestar?

Silencio

-       Es posible, me parece que el pie se me está hinchando.

-       ¿Le duele?

-       No mucho.

-       ¿Le dolía cuando llamó?

-       Cuando llamé me pareció que el dolor estaba por empeorar.

-       Y luego no lo hizo.

-       No, ¿no le parece una maravilla?

Silencio.

-       Entonces supongo que esto no es una emergencia.

-       Yo no lo descartaría aún, es decir, no han pasado cinco minutos desde el ataque.

Silencio.

-       ¿Le gustaría que transfiriera la llamada a servicios médicos?

-       ¿Esta no es la unidad de servicios médicos?

-       No, esta es la recepción.

Silencio.

-       Tal vez no sea necesario. Si pudiera usted esperar en la línea durante algunos minutos más, sólo para estar seguros.

-       Eso sería… poco ortodoxo.

-       A mí no me lo parece, usted está cerciorándose de que la emergencia ha concluido, suena como una maniobra rutinaria

-       Si usted lo dice.

-       Y es mejor que eso que vivir con un cargo en la conciencia, ¿no le parece?

Silencio.

-       ¿La presencia de alacranes es recurrente en su domicilio?

-       No, o yo no me he percatado. ¿Por qué lo pregunta?

-       Si lo desea podríamos solicitar un Servicio de Control de Plagas.

-       ¿Sería posible solicitar un Servicio de Verificación de Existencia de Plagas?

-       No, dudo que la corporación lo ofrezca.

-       Francamente no creo que se trate de una plaga, pero tampoco quisiera desestimar ningún riesgo…

-       Use chanclas los siguientes dos días, si no vuelve a haber incidentes entonces no era una plaga.

-       No lo sé. Ya le he dicho que no suelo usarlas, ni siquiera poseo un par.

Silencio.

-       ¿Quiere el servicio de exterminio o no?

-       No hay por qué ser hoscos. Y no, creo que no sería prudente abusar así del estado, es demasiado arbitrario, es demasiado…

-       Muy bien, no hay exterminio.

-       Pero es bueno saber que el servicio existe…

-       ¿Se siente usted mejor?

Silencio.

-       ¿Puedo llamar más tarde en caso de encontrar más alacranes?

Silencio breve, suspiro.

-       Sí, supongo que sí.

-       Pero lo más probable es que ya no me atenderá usted, ¿verdad?

-       Efectivamente. En la recepción hay veinticinco operadores.

-       Ojalá todos sean tan capaces como usted.

Silencio breve.

-       Se lo agradezco. ¿Se siente mejor?

-       Mucho.

-       ¿Cómo va la hinchazón?

-       No parece agravarse.

-       Perfecto, ¿puedo servirle en algo más?

Silencio.

-       ¿Le gusta a usted su trabajo?

-       ¿Qué clase de pregunta es esa?

-       Sólo es curiosidad.

-       A veces. A veces me gusta y a veces no.

-       Ya veo.

-       ¿Qué es lo que ve?

-       Quiero decir, que puedo imaginarlo.

Silencio.

-       ¿Puedo servirle en algo más?

-       Lamentablemente no, ha sido usted muy amable. ¿Muchas llamadas en espera?

-       No.

-       Entonces la noche va tranquila.

-       Podría decirse.

-       Qué gusto.

-       Voy a colgar.

-       Espere…

-       Diga.

-       ¿Le agradecí ya?

-       No.

-       Muchas gracias.

-       De nada.

-       Buenas noches.

Silencio. Sonido de auricular que cae sobre el teléfono, sonido de estática. Fin.

domingo, 25 de julio de 2010

Textito: No es pero es

No es pero es

Es complicado y es oscilante, es simultáneo, es el mundo pero es sólo una consecuencia del mundo, es la realidad pero sólo es lo que yo hago de la realidad. Es la vida, es el recorrido de la vida, es esto que recuerdo y digo, esto que invento, que se me sale de los dedos y no es nada, apenas un sonido constante, repiqueteo plástico, sonido que no trasciende la frontera de los pocos metros, que tan pronto suena calla, y cuando dudo se extingue, y a veces huye de mí, no es de palabras pero lo es, no lo comprendo mientras sucede sino después, cuando se convierte en luz y pequeñas ausencias de luz, mis letras, mis verbos y mis sustantivos, mi presencia en el u-topos del papel virtual, mi presencia en el no lugar. De cosas así casi no puede decirse nada, o puede decirse todo, puede que alguien inteligente incluso llegue a una que otra conclusión, luego quizá sea capaz de enunciarla, y quizá se tome el tiempo de hacerla luces negras y blancas, de hacerla dibujo de tinta, de hacerla voz y diálogo, signo, o símbolo, o metáfora, de hacerla algo más allá de la forma, y de así finalmente devolverla a la nada. La batalla contra la eternidad es irrevocablemente humana, la eternidad triunfará, la batalla es por honor, y sin embargo abundan casi furiosos los desafíos, después de todo hay poesía, hay una sensación que a veces nos invade y nos arrastra a crear para crearnos, para saciarnos, casi con vocación de fracaso arrojamos una botella al mar con un trozo de papel adentro y dos oraciones fundamentales: Yo soy, y el mundo es; a veces no puede evitarse, se susurra una palabra en medio de la oscuridad, y se anhela una respuesta, y se espera. Es complicado y es oscilante, no es pero es, ecce homo, he aquí la palabra en el no-papel. Y después, por supuesto: tú, que abriste la botella que yo arrojé, y estás ahí, frente a este rastro de mí, y casi estamos juntos, y en medio de tanto sin sentido, tal vez entiendes lo que quiero decir.


 

 

martes, 8 de junio de 2010

Versuchos: Preguntas esenciales

Me pregunto si llegará el día en que el mundo tenga sentido.
Me pregunto si cabe el refugio de la esperanza.
Me pregunto desde qué rincón en los abismos murmuran sus silencios las dudas,
y de dónde viene el miedo, y de dónde los suspiros.
¿Con qué vestigios se construyen las ideas?
¿en qué espacios?, ¿con qué sustancia?
Me vienen preguntas sobre fronteras,
sobre cúspides y hondonadas, plagadas de imaginaciones bellas,
preguntas efervescentes sobre el cosmos,
como espasmos,
como espejos que se interrogan entre sí,
preguntas-sensaciones, en silencio, sin respuestas,
me vienen preguntas sobre el tiempo
sobre el indefinible ayer
sobre la noche que se desvanece
sobre el presente y los uróboros que nunca (del todo) se devoran.
Me pregunto a dónde lleva el camino,
a dónde llevan la huída y el regreso,
los pasos si es que persisten,
la vida, la experiencia-vida, el recuerdo,
¿hacia dónde va el pasado?
Me pregunto si volvería de donde estuviera,
me pregunto a dónde iría,
si un día lograra escapar.



martes, 13 de abril de 2010

Versuchos: Algunas palabras acerca de mí

Algunas palabras acerca de mí

 

Esto que tengo es un cuerpo

Esto que soy

Esa parte-enunciado de mí

El que pulsa

El que recita en un susurro

No es más que una idea

Hecho de ideas

No vengo de ningún lugar

No estoy

Esto que mi cuerpo tiene

Este cáncer hipotético

Soy yo

De química y de paradigmas

De carne, de protones, de universo

Esto que tengo…

Esto que soy…

Este que susurra pero no está.

martes, 6 de abril de 2010

Textito: Nocturno a un bicharajo

Nocturno a un bicharajo.

 

En el mundo siempre están sucediendo cosas pero sólo algunas de ellas son significativas. Ello no deja de ser curioso. Hoy maté una cucaracha y  el crujido fue espectacular, no pude evitar pensar que si un gigante aplastara mi cráneo escucharía un ruidito parecido, y no sentí ninguna lástima por el bicharajo, ni con una metáfora tan vinculante, ni con una cualidad tan en común con ella: bajo cierta presión los dos colapsamos.

            El bicharajo, me dije, soy yo, y tal vez adopté un gesto meditativo por unos instantes. Más tarde salí de casa. Cuando volví, el cadáver de la cucaracha había desaparecido. Irracionalmente comencé a temer por mi cráneo. Sigo sin atreverme a dormir.            

lunes, 15 de marzo de 2010

Cuento: Cataclismos

Cataclismos. 

A la manera de B.


Digamos que L conoce a B. Digamos que se conocen en la capital de la república mexicana, L tiene veintinueve años y B tiene veinte. Se encuentran en una fiesta en La Condesa. Ella (B) es estudiante de arte, él (L) es profesor en una preparatoria francesa, sus abuelos eran franceses, explica, hablan sobre eso durante un momento, a B le gusta el arte francés, a L (y lo sabe de inmediato) le gusta B.

Pocas noches después vuelven a encontrarse, esta vez la no-cita ocurre en una muestra de cine, francés lógicamente. L descubre a B a lo lejos, se separa de sus acompañantes y se dirige hacia ella, en el trayecto advierte que no está sola, hay un chico a su lado, más joven que él, tal vez de la edad de B, es decir de alrededor de veinte. Finalmente L decide no aproximarse más, siente una especie de recato respetuoso frente al chico, se recuerda a sí mismo diez años atrás, y sonríe. Entra en la sala de proyección y ve L’enfant. La película le parece perturbadora, que es una de sus categorías más elevadas. Sale de la sala buscando a B pero no la encuentra. Abandona el edificio, camina durante media hora y luego aborda un taxi, enciende un cigarrillo y se dedica a pensar, en algún punto imagina el rostro de B y no sin sorpresa descubre que está perdidamente enamorado.

Un año después vuelven a encontrarse, la fiesta es una vez más en La Condesa, es otra pero es la misma. L y B se saludan, L siente una felicidad casi adolescente. Procura moderarse y por ratos cree conseguirlo, hablan de la vida de ella, de lo que ambos habían visto en un par de galerías, del clima. Él le cuenta la historia de cuando la vio en el cine, ella lo recuerda, lamenta no haberlo visto, y luego dice Debiste saludarme, L no se atreve a preguntar por el chico, B no dice nada al respecto, luego la conversación se pierde por otros rumbos y L se descubre navegando entre dudas, como entre peñascos, como en medio de una tormenta. La sensación lo fascina. Se despiden en la madrugada, bebidos y amorosos, él promete llamarla, se besan con una dulzura que maravilla a los dos, y pronuncian un lindo primer Hasta mañana.

L la llama apenas pasado el medio día, se ven esa tarde, y esa noche hacen el amor por primera vez, a la luz de las velas, con Nina Simone en el estéreo, a la manera de B. Al alba se enamoran, o B se enamora de L, que siente haber estado enamorado de ella toda la vida. Pasan el día juntos y por la noche se separan. L la llama tan pronto llega a su casa, con una sensación en las entrañas que creía haber olvidado, Se va a hartar, piensa, pero está equivocado. B contesta, charlan, y poco a poco se hunden en un romance que ambos sienten sin comprender, que se desborda en ellos como una fuerza natural.

Corre un poco el tiempo y finalmente un día hablan del pasado. B, sin que L pregunte nada, habla del chico de L’enfant. Su nombre es G y es poeta o le gustaría serlo. Habían estado juntos poco más de un año y luego él la había dejado, L pregunta Por qué, B dice no saberlo, dice haber hecho conjeturas durante varios meses, dice haber sufrido e instantes después parece avergonzada de la confesión. L responde que G debe ser un completo imbécil, B intenta sonreír pero no lo logra. Esa noche, cuando hacen el amor, L se descubre en imaginaciones que nada tienen que ver con el momento, piensa en G, recuerda su rostro con dificultad, se da cuenta de que B tampoco está ahí, y sabe que también piensa en G.

Luego ocurre algo, aunque en realidad lo justo es decir que quizás ocurre. L sueña pero nunca recordará qué exactamente, sueña con espacios abiertos que se transforman en cajones, o en mazmorras, sueña con sombras que transitan, sueña que abre un baúl y en el fondo de este descubre un pedazo de papel en blanco que representa la nada. En el sueño L escucha la voz de B, cree escucharla o la escucha, el efecto es el mismo, la voz dice Voy a morirme contigo y L siente una ternura inexplicable que ya no se irá de él, intenta abrir los ojos y tal vez lo logra, tal vez descubre la silueta de B recortada contra la luz de la luna, tal vez se besan. Es posible que haya ocurrido. Al día siguiente L prefiere la duda.

Los meses avanzan. B pasa el tiempo pintando, tiene una beca del gobierno, L la visita por las tardes, casi todos los días. A veces B le permite mirarla mientras trabaja, a veces no. En algún momento L también ha intentado involucrarse con el arte, aunque decir Intentar tal vez sea excesivo, ha escrito, ha hecho música, nunca con demasiado compromiso, con pocas esperanzas, casi sin deseo en realidad. Los resultados le fueron dudosos en el pasado, ahora le son irrelevantes.

A veces hablan de arte, a L le gusta el arte de B, a B le gustan (puede decirse que la entusiasman) las pocas páginas que L le permite leer. Hay cosas, sin embargo, en las que no logran ponerse de acuerdo, cosas raras de las que sólo espíritus artísticos son capaces de exhumar el tema (el alma… el cadáver) de una discusión. Las habilidades dialécticas de L son por mucho superiores a las de B y por lo general es ella la que al final se queda sin argumentos. Con el tiempo L descubrirá que esta ventaja se debe casi exclusivamente a que en ese momento él se acerca a los treinta y B acaba de cumplir veintiuno. A veces ella lo mira con una especie de vaga frustración, a veces le dice Por eso te quiero, a veces se levanta y sin mediar palabra se va.

En cierta ocasión L la escucha decir algo que su mente registra sin notarlo. El comentario de B ocurre durante una reunión que L organiza en su departamento. Hay amigos de él, amigos de ella y amigos mutuos. Cenan, beben, y sostienen una conversación ininterrumpida cuyo hilo conductor es la dispersión y el capricho. La charla poco a poco se desvía hacia el arte. Una chica rubia y muy fea, amiga de B y cineasta al parecer, dice que el vitalismo convierte al arte en basura, el arte debe buscar la aniquilación, defiende la idea durante un par de minutos y luego parece perderse en los laberintos de su propia cabeza. Un amigo antropólogo de L intenta una extraña disertación filosófica y concluye que el arte es la exacerbación del instinto cultural del hombre, y que la cultura es creacionista y vitalista en la misma medida en la que es absolutamente tanatológica. El discurso carece de encanto y de belleza, pero no de inteligencia. Las opiniones se suceden, vuelan algunas chispas cuando la cineasta y el antropólogo intentan hacer una definición común de estética, ella enrojece, él no sabe si de rabia o de vergüenza, pero enrojece también. Instantes después B toma la palabra.

Su exposición está tan plagada de vicios como siempre, de dudas, L se dice Son espasmos de terror, ante una idea incontrolable, ante una respuesta sin pregunta. B no tiene nada contra el vitalismo, en realidad no piensa mucho en él, tampoco es fanática de la aniquilación, aunque la encuentra seductora. Apenas menciona el asunto de la estética, le interesan otras cosas, le gustan los cataclismos, y le gusta pensar acerca de la poética. Hace una pausa, L intuye un acto de memoria, B continúa, Un cataclismo (dice) es querer ver las cosas de manera cataclísmica, la vida es un cataclismo, la aniquilación también, y también una gota de agua, y una guerra florida, y una biblioteca, y un montaña que despierta y echa a andar en cuatro patas… o en dos. Habla de su poética y de su obra, y dice que su obra casi no es cataclísmica, pero que a veces, en los días buenos, su poética sí. L la escucha y le parece que las palabras de B llegan de otro mundo, de otra dimensión. En realidad, pero él no lo sabe, vienen del pasado.

Un día a B se le termina la beca, no ha guardado un centavo y no tiene un plan, tampoco parece preocupada, al menos a L no le parece que lo esté, todo lo contrario en realidad, como si hubiera estado esperando ese momento de completa incertidumbre y ahora tímidamente se regodeara en él. Se dedica a estudiar pero no es feliz. Una tarde hablan del asunto, hablan de la posibilidad de otra beca, él pregunta ¿Qué quieres?, refiriéndose a la vida, es decir Toda una Pregunta, B lo piensa y finalmente responde Quiero irme de aquí. Por supuesto no sabe a dónde, no sabe a qué, y ni siquiera se atreve a pensar en cómo. A L se le ocurre una idea que no revela, pasan el resto de la tarde mirando películas, piden una pizza, y él se va cerca de las once.

La idea germina en su cabeza durante la noche. A la mañana siguiente despierta, prepara un termo de café y le dedica el día a una maratón frenética de llamadas telefónicas que no concluirá hasta bien entrada la tarde. Habla con algunos amigos de sus padres en México y en Francia, habla a la embajada francesa, y con directores de academias, y con una incalculable cantidad de secretarias. Por la noche vuelve a casa de B y le cuenta lo que ha pasado, le dice que algunas ciudades francesas tienen programas de residencias artísticas para extranjeros, le habla de Lyon, de Reims y de Toulouse, París está saturada. B lo mira con desasosiego, después poco a poco con ternura, y luego con un amor irreversible. También hablan de ellos, hablan de la distancia, que es una sensación que ninguno de los dos conoce, se hacen preguntas que resulta más fácil responder con miradas y con caricias, él hace todo un comentario desabotonándole la blusa, ella contesta con una beso fulminante, un sí definitivo. Se duermen trenzados en un abrazo que no perciben, casi involuntario o casi inconsciente, que se parece a la tranquilidad, y a la felicidad.

B se marcha pocos meses después a Lyon. L promete visitarla tan pronto tenga vacaciones en la preparatoria. Se escriben poco durante los meses que pasan separados, B viaja por Francia, Bélgica y Holanda, y luego por España. A veces se llaman por teléfono y a veces hablan por Internet. En cierta ocasión intentan tener sexo cibernético y fracasan, con cierta gracia, la frustración en algún sentido es feliz. B no tiene amantes en Francia, L se acuesta un par de veces con amigas que le interesan poco, un día le cuenta a B y ella parece no darle importancia. A la mañana siguiente, sin embargo, L descubre un largo correo electrónico que B le ha escrito en el proceso de beberse sola dos botellas de vino. El punto central es que lo odia, o que teme perderlo, no queda bien claro, odia a las amigas de L, de eso no cabe duda, odia la vida, odia Francia, odia el océano Atlántico. Al final le pide con ira y con algo de vergüenza que no lo vuelva a hacer. L termina de leer el correo y no puede evitar sonreír, contesta en modo telegráfico que Entendido, y que la ama. Y no vuelve a acostarse con nadie más.

A finales del otoño toma un avión y se encuentra con B en París. Durante tres días se dedican a pasear, a emborracharse, y a hacer el amor. El último día L decide llevar a B a conocer las catacumbas de la ciudad, bajan por túneles hasta una serie de cámaras subterráneas en donde de vez en cuando (cada siglo o algo así) los parisienses depositan los restos de los parisienses del pasado, el laberinto de huesos los conduce a una cueva, las paredes de la cueva están llenas de arte, L explica que durante los últimos ciento cincuenta años los bohemios, y los jipis, y los rebeldes, y sus subespecies han bajado hasta ahí para dejar en una caverna un desafío a la eternidad, el desafío es por honor, la eternidad triunfará. B recorre la gran gruta con calma, se detiene frente a un par de dibujos sobre la piedra, y luego frente a unos versos que hablan del fuego y la muerte, los versos la paralizan, están en español, Estos son versos de G, dice, L los lee, no son buenos, le pregunta si está segura, y B contesta que no. Se van de ahí en silencio y no vuelven a hablar hasta llegar al hotel, L, por supuesto, se arrepiente de la idea de las catacumbas, pero elige no decir nada más al respecto.

El cuarto día viajan a Lyon. L ve el trabajo que B ha hecho en los últimos meses, no es mucho pero es bueno, Es ligeramente más cataclísmico, comenta; B no responde, mira fijamente uno de los cuadros y finalmente dice Quizá, y comienza a hablar de algo más. Visitan un museo y la universidad donde B toma algunos cursos, y cenan con vino en un bistró a orillas del Ródano. Lyon, por alguna razón, no es tan estimulante como París.

Pasan la navidad y el año nuevo recluidos en el calor del departamento de B, en el calor del vino, en el calor del cuerpo del otro. Hablan hasta que amanece, duermen repetidas siestas durante el día, van al cine y toman fotografías como maniáticos. Una tarde él le cuenta de cómo es tener treinta y de lo aburrido que llega a ser tener veinte, igual que se vuelve aburrido tener diecitantos. Ella habla de no tener ideas para los siguientes diez años, “Pero…” del destino que es un manto negro sobre un muestrario de posibles oscuridades, “Pero…” (como sin lograr evitarlo) de haber pensado en un día vivir con él. L prefigura dos o tres respuestas, y en un ejercicio de visceralidad contesta Y ¿qué tal cuando regreses?, y B responde que sí con una sonrisa, L también sonríe, y los dos siguen caminando en silencio, con la mirada clavada apenas medio metro más allá de donde los pies van dejando olvidados los pasos. No más fotos durante un rato.

El último día que L está en Lyon B sucumbe a un resfriado de lo más inoportuno. Pasan la noche charlando, L estornuda cada pocos minutos, unas quince veces por episodio, y luego le dedica la mitad del tiempo que pasa sin estornudar a disculparse, algo parecido a Sísifo, al menos igual de heroico. Al final el esfuerzo la agota y se queda dormida. L intenta leer un libro que B tiene en el buró pero no logra concentrarse, cierra el libro y se pone a mirarla, le pasa por la mente la idea de  decir Y yo quiero morirme contigo, pero no lo hace, primero lo detiene la posibilidad de que B despierte súbitamente o de que no esté totalmente dormida, después pierde la inercia, se pone a pensar en el amor, se pone a pensar en la vida, y en tener treinta años. Quién sabe, tal vez lo dice, en voz muy baja.

L vuelve a México. Pasa una semana entre la televisión y la lectura, no sale con nadie, ve media docena de películas que ha visto antes con B, y una noche enciende la computadora y comienza a escribir, como por curiosidad. Lo hace de nuevo durante los siguientes días, no escribe sobre él ni sobre ella, escribe sobre otras cosas, escribe buscando cataclismos, a la manera de B.

Pocos días más tarde regresa a la preparatoria y regresa a la normalidad. Sigue escribiendo, una noche escribe poesía, un poema acerca de G en el que habla de él como de un poeta al estilo Poe, como de un fantasma cruzando un puente y desapareciendo en la bruma. El poema le gusta, tiene una fuerza, una fiereza que le cuesta entender, que no viene de él pero está ahí, en las palabras. Escribe más durante los siguientes meses, los resultados son similares, o cada vez mejores, son increíbles, son imposibles, ¿de dónde vienen?, ¿dónde habita esta bestia que no es él?, no hay respuesta. Un día decide que escribir sencillamente no le interesa, imprime todos los archivos, los guarda en una cajón y se olvida del asunto.

Casi no sabe de B durante los últimos meses que pasan separados. Se acuesta cinco o seis veces con una chica que conoce a la salida de una obra de teatro. Su nombre es G, lo que no deja de ser paradójico, es fotógrafa y es mala, es pésima de hecho. L decide no contárselo a B, no cree que tenga sentido, días después deja de verla, el proceso es indoloro e insaboro, dejan de llamarse, y punto. L piensa en la vuelta de B con una mezcla de alegría y miedo, a veces le parece que la ha olvidado, que no puede recordar los detalles de su rostro, aunque puede, mira una fotografía y la sensación de normalidad vuelve, pero la duda persiste, porque eso es lo que hacen las dudas. Y un día B regresa.

L no va por ella al aeropuerto, ella lo prefiere así. Se ven la tarde siguiente en un café, a L la idea le parece demasiado impersonal pero no discute. De algún modo (no sabe bien cuál) las cosas se han complicado, ella enciende un cigarro, antes no fumaba, él se prepara para la catástrofe pero la catástrofe tampoco ocurre, no sucede nada más, los dos se quedan en silencio, la luz geométrica de las seis entra por las ventanas, L dice Carajo, B suspira, intenta hablar, calla. Él le pide que se vayan del café, ella acepta a regañadientes.

Viajan en el auto de L, B lo dirige hasta un edificio de departamentos cerca de ahí, el lugar se lo ha conseguido un amigo, explica, aunque en realidad no explica nada, a L se le ocurren varias preguntas pero todas le resultan demasiado dolorosas. Entran en uno de los departamentos, la sala está llena de cajas, de lienzos y de cuadros terminados que L no conoce, Ahí están los cataclismos, se dice, se detiene frente a ellos, descubre que B definitivamente es otra, no le queda duda y la noción lo envuelve en una dimensión de la melancolía que hasta ese momento no conocía. No hay muebles y aparentemente tampoco hay luz, L dice Puedes pasar unos días en mi casa si quieres, B no responde, lo mira y le sonríe, pero no responde. L pregunta ¿Qué sucede?, B enciende otro cigarro, y comienza a hablar.

La respuesta es cataclísmica, si uno elige verla así. La historia comienza un par de meses después de que L se va, una tarde cuando B sale de la universidad. En el camino se encuentra con G, instantes antes lo intuye, luego lo divisa y casi no puede creerlo, se acercan y se dicen hola, se miran en silencio, y se van juntos por ahí. Hablan del pasado y hablan del presente, vuelven al departamento de B y hacen el amor, se duermen, despiertan pero no se separan ni ese día ni el siguiente, ni durante muchos días más. Poco después G desaparece, B no sabe a donde ha ido ni a qué, pero sabe que no volverá. En ese punto interrumpe la historia, Después ya no sucedió nada, dice, L se da cuenta de que la voz de B está llena de tristeza y comprende que su chica eligió al otro, que eligió quedarse con G, que no puede ocultarlo y tampoco quiere hacerlo. Te dejó, le dice con brutalidad, B guarda silencio un instante y luego contesta Sí, me dejó.

A partir de ese punto la conversación se hace más sencilla, a L lo vence el dolor y a B algo parecido a la vergüenza y a la compasión, a los dos les queda claro que lo que fueron ha dejado de existir, y que no vale la pena pelear. Pocos días después vuelven a verse, es complicado. No pueden y tal vez no deben, pero no saben evitarlo. La sesión es ciclónica y redundante, y termina con L yéndose violentamente del departamento de B. Pocos días después se vuelven a ver, como en un deja vu incesante.

Cualquier noche durante ese periodo L sufre introspecciones convulsivas, algunas de ellas tienen que ver con estar a semanas de cumplir treinta y uno, algunas son acerca de la memoria y la historia, y otras simplemente son acerca de B. Al final lo único que logra concluir es que tal vez aún quiere morirse con ella.

No deja de visitarla, las cosas se normalizan, aprenden a estar juntos otra vez. B es diferente en muchos sentidos y L no tarda en darse cuenta de que él también lo es, un día vuelven a hacer el amor, no está mal para una segunda primera vez, piensa, se lo repite un par de veces y termina por creérselo. Más tarde platican, él le cuenta de la chica del teatro, B trata de no darle importancia pero L sabe que en el fondo se la da, de algún modo se lo agradece, y por primera vez en semanas encuentra razones para suponer que las cosas van a salir bien.

Ya casi nunca hablan de arte, ven una cantidad desmesurada de películas, tampoco hablan mucho de literatura pero hablan de música y de músicos franceses. Un día, en cambio, hablan de G, es decir, abren la carne, y se ponen a chupar el veneno, y a sacar las balas, y a remover los tumores. B hace casi toda la conversación, habla de sus poemas, que son malos, que siempre han sido malos y que sólo parecen condenados a empeorar con los años, Cuando era más joven era un poco mejor, dice, podía avizorarse en lo profundo de ellos un principio poético que recorría los malos versos como un alma penando en un laberinto. Luego había aprendido más palabras y leído más poesía, y sus versos habían sucumbido a sus intentos desmedidos. En cualquier caso G no le gusta por poeta, tampoco sabe bien por qué le gusta, no es inteligente, es valiente en un sentido triste y desesperado, es valiente porque se va a morir poeta, y probablemente se va a morir de poesía, y porque mientras viva lo hará asediado por el fracaso, en la más poética de las pobrezas y en la más poética (frenética) de las soledades. En el mundo no hay otra ser con más ganas de descubrir cataclismos que G, esa es su perdición, ese es el único valor de su existencia. B cree que por eso le gusta, porque algo en ella reacciona a esa desesperación. Y L lo entiende, para su propia sorpresa. Algunas noches después reflexiona sobre coexistir en un triángulo amoroso con un mal poeta y la idea le parece casi cursi. Pasa varias noches pensando en sus poemas guardados para siempre en un cajón, y soñando con los poemas de G, flotantes y dispersos sobre el Ródano, alejándose hacia el mar.

Un día deja su departamento y se va a vivir con B. Las cosas son sencillas y complicadas, dependiendo de la estación, dependiendo de los ciclos hormonales o de la marea, o de los signos del zodiaco. Digamos que les va como a cualquiera, se mutilan un poco mutuamente, se cosen por la cadera, se sienten felices. Pasa un año y un poco más. Eso no es lo relevante de esta parte de la historia. La parte importante es lo que ocurre inmediatamente después: Un día B se va.

La escena es poco dramática en realidad. L vuelve de la preparatoria y se encuentra una nota sobre la barra de la cocina, es de B anunciándole lo que está por hacer, no hay explicaciones, dice que lo ama, y que un día va a volver y espera que ese día L todavía esté ahí. L arruga la nota y la avienta al cesto de la basura. No intenta buscar a B porque sabe que no la va a encontrar, y porque en el fondo sospecha (y más en el fondo lo sabe) que se ha ido con G. Pocas noches después (noches terribles) ella lo llama, primero L le revienta los tímpanos a insultos, luego se disculpa, luego le pregunta cómo está, no se molesta en preguntarle dónde; ella contesta que está bien, él pregunta ¿Estás con él?, y ella responde Él está en otra habitación, luego reconsidera la pregunta y corrige, Sí, estoy con él. Ambos se quedan callados, e instantes después uno de los dos cuelga. L creerá recordar que fue él.

Los meses que siguen L se enferma de una profunda crisis existencial y de colitis nerviosa, el macabro destino no muestra signos de saciedad, en los peores días L va nueve o diez veces al sanitario, inhibe la realidad con diazepam durante algunas semanas, visita Cuba, se apunta en un gimnasio, compra una guitarra y una computadora nueva y pasa noches haciendo música que viene de lugares de sí mismo que no conoce, que no parecen suyos, y que casi no le provocan curiosidad. Poco a poco la vida se reconstruye, y el dolor se diluye, y L cumple treinta y tres años.

A veces B lo llama y hablan durante algunos minutos, se dicen hola, qué tal, cómo ha estado la vida. Las llamadas no valen gran cosa, lo que importa es que el teléfono suena, B le deja guijarros para que los busque a la luz de la luna. L posterga indefinidamente el final, supone que un día sencillamente ya no le va a contestar, que va a cambiar su número, o se va a ir a Francia, mientras tanto asume la realidad: la espera, y contesta para que ella sepa que sí, que guijarro aceptado.

Una noche el teléfono vuelve a sonar, L contesta y escucha la voz de B, sólo que no es B, sino K, su hermana. L casi sabe lo que está por escuchar un instante antes de que K lo diga, cuando lo escucha todo es excesivamente claro: B está muerta. L sucumbe a la parálisis, intenta contestar pero no lo consigue, pregunta cómo pasó, K no está segura, ocurrió en una playa del pacífico, se ahogó, L imagina un mar gris, y el alma de B vagando en las profundidades, imagina un rostro violáceo que se deshace como papel mojado hasta dejar de ser el rostro de B, hasta volverse granos de arena que desaparecen en el lecho oscuro del océano, la voz de B (la de K) le pregunta si sigue en la línea y él contesta que Sí, sigo aquí, y la palabras son como ácido muriático recorriendo su garganta. Alcanza un pedazo de papel, apunta una dirección, una hora, y cuelga; se sienta frente a la mesa del comedor, piensa en la palabra cataclismo, piensa en el silencio, y en que la muerte debe estar hecha de silencio. El sol despunta en algún momento, L prepara café.

Llega al a funeraria al mismo tiempo que el cuerpo de B, pero eso no lo sabe, y no lo sabrá. Se encuentra a K, se encuentra a un par de viejos amigos, amigos de B en realidad. La experiencia es tan canalla como suelen serlo las de su especie, alguien le ofrece un cigarro y L fuma por primera vez desde la preparatoria, se marea, visita el baño y vomita, se mira al espejo, se lava la cara, pero nada cambia. Cuando vuelve a la sala divisa a G, el rostro se reconstruye en su memoria, y todo el pasado se reconstruye detrás de él, L se dice Mierda, lo piensa un instante y comienza a andar hacia él, lo alcanza, lo enfrenta, ¿Eres G?, pregunta, y el otro contesta Sí, soy G, Yo soy L, dice L, y G responde Lo sé, L cierra el puño y le asesta un golpe potente y certero en medio del rostro, G se tambalea y cae, durante algunos segundos L se dedica a darle la paliza de su vida, G no se defiende, no puede o no quiere, es imposible decirlo. Alguien contiene a L, alguien más ayuda a G a levantarse, y ambos son expulsados del lugar bajo la mirada de desaprobación (y de temor) del resto de los asistentes. Cuando llegan afuera L está más allá de la ira, en una especie de letargo límbico donde las cosas han perdido el sentido, la calle está como entre bruma, el riguroso sol de mayo nebuliza el mundo, lo quema, lo imposiblita. Por un momento los dos se quedan ahí, de pie, sin hacer nada más, luego G echa a andar, cojea, quizá se acomoda la nariz en su lugar, L lo mira irse y dar la vuelta en la esquina sin mirar atrás. Minutos después sube a su auto y se va.

Conduce durante horas por la ciudad, conduce hasta que la noche cae, pasa por la funeraria decidido a aparcar, decidido a volver a la capilla a robarse el cuerpo de B, a morirse con ella estrellando el auto contra un poste de luz, pero no aparca, sigue sobre la avenida con el corazón revuelto, vira a la derecha y continúa en línea recta durante un par de kilómetros más, un semáforo en rojo lo detiene frente a un parque. A lo lejos descubre a G, sentado en una banca bajo un árbol, estaciona el automóvil media cuadra adelante y vuelve, lo busca, lo encuentra y se sienta en otra banca desde la que puede verlo y G puede verlo a él, o podría si quisiera, si bajara la mirada del punto inexacto del firmamento en el que (L lo sabe) está buscando a B. Lo observa durante muchos minutos, finalmente se levanta, avanza, y se sienta junto a él, ninguno de los dos habla, G enciende un cigarro y le ofrece uno, L lo acepta, fuman, y no vomita.

¿Qué quieres?, pregunta G, L contesta Quiero saber cómo pasó. G cuenta una historia vaga, no estaba con ella cuando ocurrió, la encontraron flotando junto a un montón de basura, atorada en un árbol muerto, desnuda. La ropa apareció algunos kilómetros al sur de la ciudad, en una playa vacía, L pregunta si se suicidó, y G responde que no, al menos él no lo cree, guarda silencio por un momento y dice B quería volver a ti, arroja el cigarro entre los arbustos y se queda callado, L mira la línea menguante de humo durante algunos instantes, luego se levanta para irse pero algo lo detiene, lo piensa un momento y pregunta si G alguna vez estuvo en las catacumbas de París, él lo mira sin entender, No, nunca estuve en París, responde, ¿B nunca te lo preguntó?, No, L intenta hacer una relación entre las respuestas y la realidad pero no lo consigue, se va, G se queda bajo el árbol mirando a las estrellas. No vuelven a verse.

Y la vida sigue.

Un día L cumple treinta y siete años. Poco después asiste a una feria de libros en el sureste del país. Ahí, en un estante pequeño y pobre, se encuentra un libro de poemas de G, lo compra, y dos años más tarde lo lee. Los poemas son malos, aunque no son tan malos como B se los había descrito. Casi todos son acerca de ella, pero hay uno que, L sospecha, habla de él, o del parque en el que se encontró con él, del mismo parque doscientos años después, del sonido de unos pasos que se alejan, y de la luna, y de la muerte. El título del libro es (obviamente) Cataclismos. Un día L cumple cuarenta y se da cuenta de que su vida es lo que es, B sigue muerta y él sigue vivo, y lo que recuerda en realidad sucedió. Un día sabe del suicidio de G. Un día visita París, y visita las catacumbas, y se pone a buscar los versos que B descubrió años atrás, y no los encuentra, y ya no los recuerda, y el cuento termina.